FEDERICO CAMPBELL

El imperio del adios*

 

...terra deserta, et invita, et inaquosa.

Juan Jacobo Baegert

Uno. Parecía que lo estaba viendo desde lo alto de una colina: Jordán descendía en su jeep a lo largo de la brecha peninsular, de norte a sur, tras un disparadero de polvo que a veces lo ocultaba. El sol caía a plomo y el jeep que había conocido las arenas de Iwo Jima o Guadalcanal se entregaba a la libertad de la planicie desértica entre batallones de cirios y chollas que lo dejaban pasar sin los estallidos de la artillería. ¿En qué otra cosa podía pensar Jordán al volante? No era inimaginable que evocara el pasado militar de su máquina: las explosiones de las granadas que le arrojaban los soldados japoneses, la rauda estampida cuando servía de ambulancia y sacaba de la línea de fuego a un infante de marina destripado, el hierro de sus costados que servía de trinchera –las llantas hundidas en la arena– en el momento del desembarco.
No era improbable que los pensamientos de Jordán fueran cambiando con el paso de los días.

 














Aislado, suelto, libre, el hombre entraba en una fase de la concentración que gracias al transcurso del tiempo propicia que cada jornada sea diferente a la anterior: la mente en efecto, desde la perspectiva sedentaria, escapa como una cabra loca y esclaviza a su sujeto; pero en el destino nómada y el ensimismamiento de la más íntima soledad el curso de las ideas y las emociones se va centrando. Jordán, luego de más de dos semanas de travesía, se hacía uno con el paisaje y la tierra. Ya no experimentaba el cansancio del principio. El desierto lo jalaba, como un imán o una muchacha. Lo atraía de modo irresistible. Ansiaba de pronto, cuando se detenía y dejaba el jeep sobre la borrosa brecha, echarse a andar hacia el confín espejeante de la amarillenta tierra apisonada que, como una laguna seca, se fundía a lo lejos con el insinuante mar abombado. Porque la caminata, sabía, era una meditación: un viaje hacia sí mismo y –no lograría nunca entenderlo– una extraña y vertiginosa recámara de la melancolía.

Sin embargo, más de veinte minutos después o unas horas más tarde puesto que el embrujo del desierto ya no le consentía medir el tiempo según los relojes de casa, Jordán volvió a montarse en el jeep. Hizo algunas anotaciones en su libreta.


Sentí el jalón del desierto,
escribió.

Dos. Había vivido durante más de tres décadas inmerso en el submarino de la información, como el espectador de una misma película en la que entraban y salían los mismos protagonistas y se repetían, con algunas variantes superficiales, idénticas historias.
Quería cambiar de escenario y de personajes, conocer otro ritmo de vida, escapar de los espejismos más vulgares del acontecimiento. Imaginaba para mí, quizá de manera tardía, un destino solitario como el del viejo novelista inglés que se echaba a viajar por el mundo o jugaba a la ruleta rusa para conjurar el tedio.


Por eso decidí partir, y no tanto por el encargo de un guión cinematográfico que el azar tuvo a bien poner en mis manos en el momento justo, cerrando para siempre la puerta de mi departamento en Insurgentes Sur.

Dejaba atrás mis archivos, mis libretas de apuntes, las pilas de periódicos y libros empolvados que amagaban con expulsarme de mi habitación. Me levantaba el ánimo sin embargo la decisión de no volver a leer un periódico durante el resto de mi vida, ni una revista. Me cautivaba la posibilidad de ir saliendo poco a poco de esa lógica periodística que durante tantos años me había hecho actuar y pensar por reflejo, como si la novela de la información –y los personajes de la vida pública que nos impone– fuera la más digna de ser leída y analizada, la más interesante, y no la más vacía y transitoria. Viviría sin apremios, y degustaría en los meses por venir, el paulatino desvanecimiento –el síndrome– de la abstinencia periodística que debía purgar de modo ineludible, como un drogadicto de los datos y los hechos, hasta lograr pasar al otro lado de la vida donde pudiera barruntarse un poco de verdad y fantasía.


Y es que, en mi caso, la información había actuado como una especie de anticonceptivo. No lograba componer una página porque, como el historiador y el notario, no tenía los datos a la mano: la precisión, la prueba de lo escrito, la constancia de los hechos que debía referir. No podía dar el primer paso en la página en blanco sin contar con la cinta grabada de una entrevista. ¿Por qué entrevistaba? No sabía qué fue para mí hacer entrevistas, para mí, que no me gustaba hablar, tan poco conversador. Abandoné también mis colaboraciones en los diarios de provincia y logré armar una despedida de mis remotos e invisibles lectores en la que, no sin amargura, pergeñaba unos párrafos sobre la inutilidad y la miseria del periodismo. No sentía que siguiera teniendo sentido el ejercicio de una actividad que equivalía a trazar rayas en el agua. Los asuntos no cuajaban. Nunca se convertían en un reclamo político, en una protesta civil, no rebotaban. Era un periodismo que se practicaba en la unilateralidad, de aquí para allá, como lanzar un saludo y no encontrar respuesta. Podía cualquier compañero del periódico arriesgar su vida, investigar a fondo un reportaje, y lanzar la denuncia. Nada sucedía. Se había entrado en una práctica de la libertad de expresión neutralizada por la propaganda que triunfaba en sentido contrario. La censura era innecesaria, no venía al caso: que se publique todo lo que sea, al fin y al cabo a nadie le importa. Podía uno publicar una denuncia a ocho columnas, en primera plana, con fotografías del asesino y la víctima en el momento del crimen, con testigos oculares que daban sus nombres y se dejaban fotografiar, y el Ministerio Público no actuaba. Era perfectamente posible documentar un hecho, demostrarlo como si el trabajo de uno fuera el de un fiscal o un policía, revelar zonas desconocidas de la realidad del país, o desmontar los subterfugios con que se encubría al autor intelectual del asesinato de un periodista, por ejemplo, y el aparato de la justicia no entraba en funcionamiento. ¿Qué sentido había tenido la vida de tantos reporteros eliminados que se entregaban a una labor que, viéndolo bien, el país no merecía? Harto del "espacio mediático" y la "importancia" de los medios en el mundo actual, el bombardeo de los sistemas de comunicación desde los satélites artificiales, lo único que me fascinaba era el silencio.

Estaba muy consciente de que este pesimismo no era nada edificante, pero me creía con derecho al hartazgo. ¿Qué me había metido durante tantos años en esa película? ¿Por qué, cuándo, en qué momento de mi vida había cometido ese error de navegación? Tenía que ponerle un punto final e indeleble. Tenía, para sobrevivir, que salirme de la alegoría de esa caverna de la manipulación en la que día tras día un hecho periodístico se consumaba, se consumía, y luego se olvidaba.

Y por si todo esto fuera poco, Laura se había marchado para siempre. Desapareció sin despedirse, optando por el lenguaje de los hechos consumados, estableciendo una situación que desde varios años atrás no encontraba su salida. En cierto modo me reconfortó el favor que me dispensó al tomar una decisión que debió ser compartida, pues me ponía de nuevo en cero, en un punto de partida desde el cual nada podía ser peor... Con estos pensamientos me vi de pronto entregando mi boleto, de ida y sin regreso, en el mostrador de Aerocalifornia, y minutos después entrando en el jet que me llevaría a Mazatlán porque lo que me interesaba era aproximarme a la península poco a poco, por mar, como lo hicieron los antiguos navegantes de Cortés, el almirante Atondo o el padre Kino y Sebastián Vizcaíno, ya que para mí también era –como lo fue para Jordán– terra incognita, en latín: un territorio desconocido, como cuando los neurólogos dicen que, todavía, el cerebro es terra incognita. Abajo quedaba el monstruo ahogado de la gran ciudad cubierta por una nata de ácidos y gases. Sólo llevaba un maletín con unas cuantas cosas: el rastrillo de rasurar, tres camisas, dos pantalones, una libreta de apuntes, y un par de botas mineras.

Jordán, en aquel pasado reconstruido o inventado por la memoria, venía de norte a sur y yo me iría de sur a norte, en busca de su fantasma.

 

Tres. El zumbido del motor sobre la brecha dura lo hacía sentirse parte de la máquina. Las llantas eran una extensión de sus piernas y en cierto modo agradecía que el diseño militar de su jeep, un willys de 1941, no hubiera incluido amortiguadores de más juego. Le gustaba esa dureza, la incomodidad de la lámina y la ausencia de resortes en el asiento. Descendía por el codo de la península como los no improbables inmigrantes de tiempos remotísimos que se encajonaron allí.

Le encandilaba el sol, pero con el paso de las horas los rayos se iban tendiendo hacia la costa. Veía que las barrancas y los infrecuentes arroyos estaban formados de todo menos de tierra, más bien de un material pétreo. Tenía que desacelerar y eludir las biznagas, las lajas cortantes. En los tramos en que advertíanse los senderos de los fayuqueros irrumpían, a los lados y muy de vez en cuando, restos de automóviles calcinados y latas de cerveza. El chasis de una troca sin rines ni puertas entre los cirios y ya invadida por chollas y arbustos podía ser una escultura involuntaria, perfeccionada por la intemperie y el tiempo. A lo lejos, sobre uno de los millares de cardones que lo rodeaban y lo amagaban como un ejército de saltimbanquis enloquecidos, un águila quebrantahuesos lo seguía con la mirada.

Jordán detuvo el jeep y apagó el motor. Se le echó encima el silencio. Avanzó unos pasos para desentumecer las piernas y por un momento abrigó la ilusión de no tener ningún vehículo: el manto infinito de los cardones y la oquedad que se formaba entre unos y otros lo impulsaba a caminar. Los cardones se erguían desafiantes, retorcidos en una suerte de desesperación ensimismada; levantaban los brazos, altivos y orgullosos de su fortaleza, pero asimismo su actitud era de súplica, de derrota, y aun en su soberbia no podían disimular su condición de torturados. A manera de manos de muchos dedos en plegaria, saludaban, imploraban al cielo.

Se sentía nómada, al menos por un instante. La caminata hubiera sido su única opción en otros tiempos: una marcha a cinco kilómetros por hora, un ritmo mental distinto al que se ve sometido alguien que conduce un jeep. Aún no anochecía. Moviéndose entre pitahayas y torotes escogió una pequeña hondonada arenosa para orinar: seguía con la vista las espumosas y diminutas burbujas que eran absorbidas de inmediato por la península. Miraba el cielo sin nubes, como si fuera el único habitante del planeta. Siguió su caminata en cualquier dirección. Su cuerpo le decía que aprendía a caminar. No levantaba una pierna para después arrastrar la otra. No. Dar los primeros pasos a los treinta años significaba dejar caer el esqueleto y los músculos hacia adelante a fin de interrumpir la caída con las extremidades. Cada paso equivalía a conjurar una catástrofe. Y así se fundía en la caminata de los gigantes nómadas ancestrales y de los franciscanos. El cuerpo tiene tres ejes, pensó: como los aviones. Uno se pandea hacia enfrente y atrás, o a los lados, pero también gira: se tuerce sobre la columna que se asienta en la pelvis.

Su contacto con el mundo, queriéndolo o no, era el jeep. Allí estaba. Se cercioró de que los tanques extras de gasolina no gotearan. Extrajo de una bolsa de lona una frazada y una sábana que le bastaría para protegerse de los moscos y no del frío porque ni siquiera en la madrugada disminuía el calor. Tomó su libreta y reacomodó en la parte trasera del jeep las bolsas de nylon en las que guardaba la cámara fotográfica, los cartuchos y la brújula. No se le ocurrió sacar la pequeña máquina de escribir y sólo abrió la maleta de cuero para tomar, como quien recoge un gato, la muñeca que siempre lo acompañaba en sus travesías.

Tendido en la parte menos dura del paraje, luego de haber encendido la fogata que ahuyentaría a los animales, garabateó algunas notas que al menos le permitieran recordar más tarde sus impresiones de la jornada mientras masticaba un trozo de carne seca.

Dormir, soñar tal vez. Se le antojaba leer, pero la luz de la lámpara de baterías atraía zancudos, moscas, hormigas voladoras, y era mejor apagarla cuanto antes. Lo único posible era hacer anotaciones rápidas sobre lo visto durante el día. No hay manera, por más que he buscado la forma, de llevar un diario. En el willys no se puede escribir y en tierra, en estos campamentos rápidos, menos.

Las noches son muy cortas y los días largos. Es una ventaja. Ignoro qué haría en caso de tener noches de trece horas en lugar de las nueve horas de estas semanas. Así, el día me alcanza bastante bien y la oscuridad, casi toda, la paso durmiendo, en saco de dormir, con el rifle a la mano y la lámpara. A mi lado, Marina.

Sueños pesados, de cansancio absoluto, y pocas veces, a no ser por el acoso furioso de los moscos, despierto a media noche. No mantengo encendido el fuego del campamento y los animales, si quieren, pueden acercarse a merodear.

El suave aroma vegetal se empalmaba, desde el sueño incipiente, con otras declaraciones de vida del desierto, el zumbido de los insectos, el nervioso acecho de las lagartijas. A medida que la oscuridad se adaptaba a los ojos, fue cuajándose el cielo sin nubes. Jordán pudo discernir entonces las siete estrellas de la Osa Mayor. Sabía que contando cinco veces el espacio de las dos que coronaban el grupo su trayectoria conducía, en recta, a la estrella Polar.

 

Cuatro. No podía acostumbrarme a vivir fuera de las redacciones. Extrañaba el rumor de las máquinas de escribir, el ruido de los teléfonos, el olor de la tinta cuando bajábamos a la imprenta en la madrugada para cotejar la prueba de agua de la primera plana, los linotipos callados, el plomo fundido. Había respirado ese ambiente durante muchísimos años y mi ritmo biológico era como el de los mariachis o las cabareteras: me acostaba a las tres o cuatro de la mañana, me levantaba no antes de las doce, y ahora tenía que ir cambiando mi horario. Detestaba las mañanas. Como un jubilado prematuro o un alma en pena, me asomaba a los cafés y prefería leer un libro más que los periódicos. La renuncia no sólo suponía una interrupción laboral y el ocio de los días alargados. También representaba una inmersión en la nada, un punto de partida tardío hacia ninguna parte. Y además, para completar el cuadro, debía asimilarla a esa condición esquizoide que comporta el quedarse sin pareja.

Me trasladé a un departamento atiborrado de libros, pilas de periódicos y revistas, que un día habrían de caérseme encima y asfixiarme. Intentaba escribir. Traducía un cuento. Copiaba literalmente en mi máquina historias ajenas, en un afán de encontrar un tono personal, una escritura distinta a la del lenguaje periodístico. Pero ese tipo de tarea había dejado de ser un hábito desde muchos años atrás; ya no estaba incorporada a mi actividad cotidiana. Cualquier cosa me distraía. El primer impulso era salir a comprar los periódicos e invertir en su lectura las horas de la mañana en que tenía más energía y la mente despejada. Los leía, sin embargo, muy por encima o no los abría. En los días que vinieron después logré prescindir de la información, al fin. Pasaba por los puestos de periódicos sin mirarlos, no indiferente al mundo o a lo que le sucedía al prójimo en otros lugares. Me interesaba más bien experimentar ese alejamiento, enterarme de las cosas por conversaciones, ver cómo el flujo de los días se me daba sin la intermediación de la prensa abrumadora. Y empezaba a haber un cambio, efectivamente; el pensamiento se me iba por otros rumbos y eso me gustaba.

–Lo que tú has hecho es reunir en una sola cosa tu vocación y tu adicción –le decía a Pablo, por decirle algo, por poner en juego una idea. Nos acabábamos de encontrar en un café de Insurgentes Sur y empezaba a mostrarme unas fotografías.

–Nunca lo había pensado.

–Si uno pudiera escoger sus adicciones sería maravilloso –añadí–. Como Kafka o Joseph Conrad, que sólo no escribían cuando estaban dormidos. Piensa en la cantidad de cartas que mandaba Kafka. Era una especie de grafómano. Le aburría todo lo que no fuera literatura. Mi adicción ha sido perder el tiempo, pero supongo que es una manera de ser. No me clavo en nada.

–No es que no te concentres.

–Me han dicho que uno se dedica a lo que puede, según su modo de organizarse. Hay trabajos de atención dispersa, como la de los meseros y los periodistas. Están en todo y al mismo tiempo no están en nada –le decía mientras él sacaba fotos de un sobre manila: unos vaqueros en la sierra, unas cuevas, y yo pensaba en Fernando Jordán, que antes de los treinta y seis años ya tenía material como para tres libros. También había juntado las dos cosas, su adicción y su oficio: el placer del viaje y la escritura. Pero algo había en el trabajo de la mera transcripción literal que lo hundía: un sentimiento de pasividad estéril.

–Aquí están los serranos –me decía Pablo y me pasaba otras imágenes en negro y blanco y otras en color–. Las pinturas si las quieres fotografiar bien tienes que mojarlas un poco, para que salten los colores, que son muy tenues. Viven en la sierra de San Francisco, de donde se va a las rupestres. Muchos trabajan como guías y parecen seguir viviendo en el siglo XVIII. Allí están desde entonces, llegaron, bueno: sus antepasados, con los soldados y herreros españoles que anduvieron en la península acompañando a los misioneros.

No eran confusas las imágenes de las cuevas. Tenían movimiento. Eran escenas de cacería o de bailes rituales. O al menos eso era lo que sugerían: venados atravesados por lanzas y cayéndose, una figura como de zopilote o murciélago, levantando el vuelo. Y luego una hilera de hombres y mujeres que se superponían.

–Parecen cuadros de Tamayo –le dije–. Fíjate cómo hay tonos violetas y ocres.

–Me encantó andar allá.

En eso estábamos cuando compareció ante nuestra mesa un personaje cuarentón y pelón. El hombre de la cabeza rapada, dije para mis adentros. Venía, como deduje de inmediato, a una cita de trabajo. Pablo nos presentó y se pusieron a ver las fotos. Nicolás Rosenblueth, así se llamaba el compañero, veía fascinado las imágenes que le iba mostrando el fotógrafo.

–A esto hay que darle vida –comentó Rosenblueth–. Hay que ponerlas en movimiento. ¿Usted también hace cine?

–No, no. Sólo soy amigo de Pablo.

–¿Cómo me dijo que se llama?

–Julio, Julio Bocachueca.

Nicolás Rosenblueth también venía armado. Abrió una libreta grande de contabilidad repleta de textos y dibujos encuadrados: cada página era un mundo de enigmas. Seres desolados, en un rito, en una fiesta infeliz de cacería. Venados, borregos, unas aves en caída, águilas o zopilotes, tal vez murciélagos, unas siluetas apenas, en acuarela, y textos: frases escritas a mano, encuadres. Anotaba una idea y luego el emplazamiento de la cámara. Vistas desde abajo, las figuras de brazos extendidos se superponían unas sobre otras en un ambiente aéreo y desolado. Una especie de pelícano o vampiro descomunal parecía revolotear; aleteaba cuidándose de no chocar con el techo de la gruta. Páginas más adelante unos gigantes estirados grababan ballenas en el cielo o bien unos hombres desnudos, más pequeños, se montaban en unos andamios y, recostados, picaban la roca trazando una serpiente y unos cuernos.

–Ah, ésta está muy bien –dijo Rosenblueth, pasando la vista a otra de las fotografías–. Pero las pinturas no hablan. No se puede hacer una película sobre cosas. Las piedras no hablan.

–¿Cómo va el guión? –dijo Pablo.

–¿Cuál guión? Apenas unos apuntes. No les gusta la historia. Mejor dicho, no tenemos ninguna historia. Y no quieren un documental turístico. Estamos en cero.

–¿Y qué pasa con los serranos?

–Allí están desde hace siglos.

–La Baja es un infierno. No hay agua. Es una península de piedra –me dio por comentar, sin que nadie solicitara mi opinión.

–Necesitamos cualquier pretexto –siguió diciendo Rosenblueth, excluyéndome–. El caso es mostrar las pinturas, aunque sea como telón de fondo.

Hubo una pausa. Siguieron en silencio examinando sus materiales: paisajes del desierto, montañas, pitahayas, nopales, el mar.

–Se puede empezar por cualquier cosa –dijo Pablo.

De pronto, cuando ya mi atención estaba puesta en otras cosas, no recuerdo cuáles (pero yo ya me había ido), Rosenblueth se volvió hacia mí:

–¿Y usted, qué piensa?

–Yo... nada. No es mi campo –contesté–. Yo sólo sé hacer reportajes.

–Me tengo que ir –dijo Pablo, llamando al mesero.

Nos retiramos los tres del café. Pablo se despidió mientras Rosenblueth y yo nos acompañamos un tramo por Insurgentes.

–A Jordán le fascinaba la Baja –le dije–. Se enamoró de la península y la península se lo tragó. Lo mismo que el coronel Lawrence en el desierto. Se pasa una noche meditando, resolviendo un problema. Un embrujo. Pero tal vez a usted no le diga nada el personaje. Eso sucedió hace muchos años.

–¿Jordán?

–Sí. Fue el que dio a conocer la existencia de las rupestres en un reportaje de 1949. Se topó con ellas, una vez que estaba en un hotel de Santa Rosalía. Pero nunca dijo que las hubiera descubierto porque algunos misioneros jesuitas las mencionaban ya en sus crónicas. Antropólogo, anduvo por Chiapas y Chihuahua.

–Escríbalo usted. Hágame un apunte. En unas cuantas hojas –dijo Rosenblueth.

–Nunca he escrito un guión.

–Hágalo como un reportaje imaginario. Una línea argumental.

–Yo siempre he pensado con palabras; me fijo mucho, demasiado, en las palabras. No es mi oficio.

–Yo le pongo lo demás. Yo pienso en imágenes. Empiece por donde sea. Cualquier principio es bueno.

–No sé. No sé qué es lo que sigue de una escena a otra.

–En eso me especializo yo –me animó Rosenblueth–. Yo le voy diciendo qué es lo que sigue. Una escena da pie a otra. Pero las rocas pintadas tienen que estar muy presentes. La película trata de las rupestres. El personaje de Jordán no importaría mucho.

–Hay una imagen que me atrae mucho: la de un piloto amigo suyo que baja en un avión caza en las playas a recoger los reportajes, los rollos de película; le trae noticias del país, verduras, toronjas, su correspondencia; recoge los artículos que Jordán va escribiendo en su maquinita y los rollos de película. Para enviarlos a México, a la revista en que colaboraba Jordán.

De una manera vaga, no sé si más por cortesía que por interés, Rosenblueth comentó:

–Podría ser, Julio.

–Jordán se fue a campo traviesa, en un jeep del ejército norteamericano.

–Escríbelo.

Dilatando la despedida, añadí:

–Viajaba con una muñeca –pero Nicolás ya no alcanzó a oírme.

Cinco. El jeep descendía por una larga pendiente rumbo a Santa Rosalía, de este a oeste, del Pacífico al Mar de Cortés. Era tan largo el descenso que Jordán apagó el motor y se dejó ir, por inercia. Se sentía transportado, pasivo, su única voluntad estaba en la mano y sobre el volante. Pero eso no significaba el silencio. Los deslaves se habían comido totalmente la brecha dejando hoyancos donde en tiempos remotísimos hubo una especie de camino. Se adelantaba a vuelta de rueda, luchando con el volante para evitar las zanjas y las piedras que golpeaban el cárter a cada metro. Reencendió el motor. La parte trasera se arrastraba y el jeep se estremecía tanto que Jordán sospechaba que no llegaría a ninguna parte.

Había visto horas atrás las salinas, un manto blanco, muy lejos, donde se evaporaba una laguna. Sal, salario, pensó: a los esclavos romanos les pagaban con una bolsita de sal. ¿Qué tal si ahora atravesara una colina de nieve, como los jepps que en ese tiempo servían en la guerra de Corea? El suyo lo había adquirido en San Diego, por 150 dólares que ella, Marina, desembolsó. Era su regalo. Lo habían escogido en un lote del Army Surplus, entre cientos de máquinas desechadas de las islas del Pacífico, alineadas junto a tanques y lanchas torpederas. También se hizo de una pequeña tienda de campaña y de un par de cantimploras. Se trajo rodando el willys hasta Ensenada con la capota encima para que no los vieran. Marina dormitaba a su lado. Ni siquiera un día completo pudieron compartir. Así había sido siempre. Se encontraban por momentos en alguna playa, nerviosos, tensos, conscientes de que muy difícilmente podrían verse otra vez.

Las afiladas lajas de la brecha transpeninsular lo fijaban en una velocidad cautelosa que le hacían temer la inminente falta de combustible. De nuevo comparecían aquí y allá, entre arenales y atascaderos, restos de automóviles calcinados, latas de cerveza, llantas abandonadas y rines inservibles. Entre rastrojos rodados por el viento indiscernibles zorros cruzaban el camino, asustados por el ruido del motor, ¿o eran liebres, ratas del desierto? No había manera de dar un paso atrás. Prosiguió entre baches y cauces secos de arroyuelos, cuando mucho a veinte kilómetros por hora. La columna vertebral de la península iba perdiendo altura a medida que progresaba hacia el sur. Cuando muy al final de la pendiente asomó un grupo de palmas datileras, indicio de una probable ranchería, entró en un tramo pavimentado. Y empezó a acelerar poco a poco. La aguja del velocímetro rebasó las setenta millas y seguía girando de un número a otro. Como salido de la nada o del polvo, de la reverberación del sol que espejeaba un incierto vapor, un grupo de vacas se dispersaba sin reconocer límites entre los huizaches y la cinta de asfalto. Algunas bestias enclenques y sedientas, entre las que se confundía una mula, se detenían y cruzaban la carretera. Fue disminuyendo la velocidad, pero no mucho. Metió a fondo el acelerador aumentándola, cerrando los ojos, como si el destino le hubiera puesto allí el equivalente de una ruleta rusa. Aceleraba cada vez más a ciegas lanzando el jeep contra las vacas, se iba clavando sobre la masa de animales pero al llegar al punto de colisión y al abrir los ojos las vacas ya estaban al otro lado del camino.

Seis. Hice un trazo provisional de la historia en tres partes. El escenario, en principio, no era tan atractivo como podrían hacerlo parecer los colores de la mejor fotografía; de hecho no tenía nada de hospitalario. Una vez allí, el viajero habría de enfrentar el bochorno y la sequedad del prolongado verano, las playas ardientes, los ataques de los mosquitos. Un territorio de piedras muy quebradas. Mi propuesta de guión no aspiraba a atenuar el enigma de las pinturas. Todo lo contrario. Su misterio correspondería a la borrosa vicisitud de Jordán. El problema radicaba en que las imágenes tendrían que prevalecer sobre las palabras y en evitar que la historia de Jordán opacara el papel protagónico de las rupestres. De aquella desolación prehistórica –hombres y mujeres invocando al cielo entre animales acribillados– debía desprenderse un silencio en el que todo quedara implícito, soslayando las explicaciones y lo que discurría en la mente de los personajes. Porque el alma de los dibujos y las rocas sólo podría adivinarse.

Ciertamente me seducía la idea de meter a Jordán en el guión de las rupestres, que para mí apenas asomarían como trasfondo, pero cuando le llevé a Nicolás el primer tratamiento –el esbozo de una idea, mejor dicho– se mostró muy escéptico, creándome la sensación de que hablábamos lenguajes distintos. No era para menos. Mi campo no era el del cine. A mí lo que me gustaba era que el argumento se fuera de un lado a otro, sin ruta, de aquí para allá, sin progresión, mientras que Nicolás quería una anécdota muy bien construida, en la que una escena diera pie a otra, muy bien enlazadas, como si la vida procediera de causa a efecto y no en forma desordenada. Lo que a mí me importaba era el efecto de conjunto, al final, y de ser posible conmover un poco.

–No sé si este conflicto con los serranos nos relaciona bien con las pinturas, que no pasan de estar atrás.

–Sólo hay que ajustar algunas cosas.

–Es que necesito ver los lugares.

Entre la gente de su oficio no se acostumbraba que el escritor hiciera una exploración de los escenarios sino que se concentrara en una cierta trayectoria argumental, válida para cualquier parte. Nicolás lo sabía mucho mejor que yo, pero accedió a que nos viéramos días más tarde en Loreto. Tal vez el ambiente físico de la península, y sobre todo el aislamiento del resto del país, pudiera servirnos de clave para discernir el sentido de nuestra historia. Sin embargo, ya desde entonces empecé a tener la sensación de que Nicolás descreía de la inclusión de Jordán en la película. No se entusiasmaba. Le parecía demasiado forzada y no me costaba ningún trabajo entenderlo; para él Jordán carecía de la significación que yo, por motivos relacionados más bien con mi propia vida, le atribuía. Me adelantó vagamente que estaba pensando mejor en un artista instalador, alguien menos verbal (¿por qué desconfiaba tanto de las palabras?), un ser menos discursivo y menos consciente de sí mismo: un pintor más obsesionado con las formas y los colores de las rupestres, espectador de sí mismo y de su obra efímera que incendiaría su jeep y forraría de telas multicolores los cardones y los cirios.

La idea no era del todo extravagante. En primer lugar porque el relato podría ser menos realista y moverse con más libertad, incluso con una mayor locura, no con las cortapisas que impone la referencia a un ser humano concreto: los límites de su biografía, el derecho a su propia verdad, el respeto a su nombre. Un planteamiento así, el de un personaje totalmente imaginario, me daría a mí la oportunidad de moverme en los espacios de una demencia plausible, la que sin ninguna justificación aceptaría con naturalidad encuentros del personaje con seres inventados o rescatados de sus tumbas. El pintor se toparía de pronto con un jesuita de hábito y huaraches, un fantasma de Juan Jacobo Baegert esquivando los huizaches de San Luis Gonzaga a Comondú. Esto hay que verlo con los ojos del alma, se diría el pintor cuando Baegert le pedía un poco de agua. Otras apariciones irían abonando la pesadilla.

Podría encontrarse con una mujer salida de la nada. Un ser devastado por el amor, entregada a la muerte que pueden cumplir, más pronto que tarde, el sol y la inanición. La mujer, que llevaba un vestido de algodón ligero, hindú, aparecería en la distancia. Poco a poco se definiría su figura. El pintor, en cuclillas alrededor de las lajas que acomodaba, la vería aproximarse. La mujer volvía de la sierra, exhausta, con el estómago pegado, sin haber dormido bien ni haber comido durante días. Se había ido a morir en las cuevas de las pinturas y sólo se había llevado un frasco de miel y una bolsita de polen. Un chofer de taxi de Mulegé la había encaminado hasta las faldas de la sierra.

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* Fragmento de Traspeninsular, novela de próxima aparición en la editorial Joaquín Mortiz

campbellquir@yahoo.com

Federico Campbell, "El imperio del adios", Fractal n°10, julio-septirmbre, 1998, año 3, volumen III, pp. 101-118.