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Número 77

Hayden White y las nomenclaturas del pasado

Mariana Ímaz Sheinbaum

The Practical Past, libro de Hayden White publicado en 2014, busca establecer una distinción entre dos tipos de pasado: el histórico y el práctico. El primero queda definido aquí como aquel que aparece sólo en los libros y los artículos publicados por los historiadores profesionales. Es un pasado seleccionado, corregido y revisado. En este sentido, es sólo una parte del pasado como totalidad. Asimismo, este pasado-histórico es la versión del pasado que puede ser comprobada y autentificada por otros historiadores; es el cúmulo de información con evidencia que es aceptado en la corte de la disciplina histórica. Otra característica de este tipo de pasado es que es construido con un fin en sí mismo o, en otras palabras, es la indagación del pasado por el pasado, es la búsqueda del tiempo perdido sin una proyección sobre cómo actuar en el presente: es sencillamente el placer de sumergirse en un tiempo distinto al nuestro. Es también la mirada fría y científica que busca alumbrar los rincones oscuros del tiempo humano para conocer más y enriquecer la biblioteca de los eruditos. En este sentido, afirma White, la pretensión por hacer de la historia una ciencia terminó convirtiendo al pasado en un cúmulo de información con cada vez menos utilidad práctica, incluyendo el sentido educativo tradicional que tenía la historia de inculcar lecciones sobre la vida política.

Desde tiempos antiguos —por ejemplo, con Heródoto y Tucídides— la historia tenía una labor pedagógica y práctica por excelencia. Incluso White, recordando a Foucault, afirma que en dichos tiempos la historia era un discurso ético más que una ciencia. El discurso histórico estaba reconocido por ser una rama de la retórica que respondía al gran dilema ético «¿qué es lo que debo hacer?». Asimismo, White afirma que autores como san Agustín y Cicerón permitían el uso de ficciones literarias al servicio del «relato de verdad», para evidenciar las moralejas dentro del discurso y trazar un camino posible sobre cómo actuar en el presente.

Sin embargo, dicha relación tanto con la literatura como con la retórica cambió al iniciar la etapa científica de la historia. En este sentido White afirma —recuperando ahora a Michel de Certeau— que, en el intento de convertir a la historia en ciencia, ésta sacrificó su autoridad de enseñar mediante el ejemplo. Todavía en el siglo xviii y comienzos del xix, esta idea de la historia con utilidad práctica se seguía manteniendo, sobre todo con el propósito de generar una conciencia nacional y una identidad para los Estados-nación emergentes. La historiografía alemana o italiana de dichas épocas evidencian claramente este papel. Sin embargo, la manera de generar esta conciencia o identidad fue desechando poco a poco los elementos literarios y ficcionales que en algún momento contribuyeron al discurso histórico y fueron reemplazados con una historia mucho más estricta.1 Ya en el siglo xx, la escritura de la historia era completamente distinta a la de la literatura. Incluso aquellos que insertaran elementos ficcionales al discurso histórico serían inmediatamente catalogados como amateurs.
Por dicha razón, los relatos de tintes ficcionales o literarios, que pretendían dar una enseñanza moral dentro del discurso histórico, cedieron su lugar al discurso científico-positivista, pretendidamente nominativo. Ahora bien, la mirada científica en torno al pasado nos acercaba a lo que otras personas, en otro tiempo y otro espacio, hicieron bajo ciertas circunstancias. Pero esta información no ofrecía la posibilidad de deducir lo que nosotros en nuestro tiempo y espacio podríamos hacer bajo nuestras circunstancias.2 La pregunta ética sobre «¿qué es lo que debemos hacer?» quedó relegada a ámbitos que ya no pertenecían al historiador.

En contraposición a este pasado-histórico, existe lo que Michael Oakeshott llama el pasado práctico. White recupera dicha noción y explica que ese pasado, al cual recurrimos en nuestra vida práctica, es el que cargamos con nosotros en nuestra vida cotidiana, el que nos recuerda cómo encender el auto, cómo cocinar, cómo hacer una larga división, etc. Es el pasado al que recurrimos sin mucha conciencia, al que traemos a colación cuando queremos resolver un problema, armar una estrategia o definir una táctica para la vida cotidiana (ya sea personal o comunal). Este pasado, que «sirve para la vida cotidiana», que da información sobre cómo los hombres entienden y se manejan en su presente, quedó relegado por la escuela positiva: sólo las hazañas de los grandes hombres y sus logros políticos serían dignos de ser relatados.

Es interesante resaltar que el tipo de discurso que comenzó a rescatar dicho pasado fue la novela realista del siglo xix. Como bien afirma White, así como la historia tuvo su fase científica, la literatura —en específico la novela— tuvo su fase realista. Escritores como Dumas, Balzac, Dickens o Flaubert son algunos representantes de dicha corriente. Una de las características principales de este género es que su esquema de pensamiento fue predominantemente histórico, de modo que dicha categoría buscaba representar al presente como historia, como una consecuencia y cumplimiento del pasado. En otras palabras, la novela realista «asumió el rol de análisis histórico de las realidades sociales emergentes». 3 En este sentido, empezaron a convivir dos tipos de tratamientos sobre el pasado: por un lado, el de los historiadores interesados en el pasado monumental y, por el otro, el pasado de las novelas realistas que recuperaban el tipo de pasado práctico del que hablaba Oakeshott. Las novelas realistas, a diferencia de la historia decimonónica —que representaba a los grandes héroes y sus problemas providenciales—, se preocuparon por poner al descubierto el tipo de pasado que de alguna manera todos tenemos en común: ese pasado que sirve como base para resolver problemas a los que nos enfrentamos todos los días.

Es decir que dentro de la literatura tuvo lugar un tratamiento práctico del pasado, una búsqueda por entender cómo los seres humanos vivían y se desenvolvían en su cotidianidad. La historia, en cambio, se preocupó por el pasado monolítico que retrataba a algunos seres humanos como grandes motores de la historia sin conflictos ni problemáticas habituales.

Una vez definidos estos dos tipos de pasado, White plantea un dilema que no puede ser soslayado: si la historia ha tratado a los acontecimientos históricos desde «el punto de vista monumental» sin penetrar de fondo en las problemáticas habituales de los sujetos históricos, entonces cómo retratar y comprender un acontecimiento de una magnitud como la del Holocausto. A raíz de ello, el propio White afirma que, afortunada y evidentemente, el propio tratamiento de la historia ha cambiado. La historia de las mentalidades, la historia de la vida cotidiana, la historia subalterna, etc., abrieron todo un nuevo campo de visibilidad para los investigadores del pasado, lo que sin duda permitió el tratamiento de diversos temas desde puntos de vista nunca antes analizados.

White señala con atención que la mayor parte de los textos que se han escrito sobre el Holocausto son memorias, autobiografías, novelas, obras de teatro, películas, poemas, etc., textos que desde el punto de vista de muchos historiadores siguen correspondiendo al terreno de la estética y la ficción. En este sentido, se cree que muchos de los discursos sobre el Holocausto han sido mitificados y relativizados sin darle un tratamiento «científico» y «verdaderamente» histórico.4 La problemática que plantea White resulta apasionante y roza precisamente los límites de uno de los temas que siempre han interesado al autor estadounidense de manera innegable: la relación entre historia y literatura.

En este sentido, White afirma que, cuando hablamos de un texto que trata un tema real y específico del pasado, siempre es pertinente preguntarnos: «¿es esto cierto?». Sin embargo, también sugiere que esa pregunta debe tener una importancia secundaria, ya que siempre que nos enfrentemos a un tema que trata con el pasado, hay un compromiso moral de parte del escritor por «decir la verdad», por no tergiversar o distorsionar los hechos que han sido establecidos con respecto a ciertos aspectos de la realidad pasada. White incluso afirma que a aquel que busca negar un hecho «tan histórico», «tan real» como el Holocausto, no debemos responderle: «¿es esto cierto?», sino: «¿qué motiva el deseo de negar dicho acontecimiento?». Así, la comprensión e interpretación del discurso o argumento se vuelve el tema central dentro de la labor histórica. Dicha comprensión coloca necesariamente en un lugar secundario si tal afirmación es verídica o no, y lo que importa es entender las motivaciones e intereses que llevaron a dicha tesis.

Para White existen distintas maneras de decir la verdad en torno al pasado: la cantidad de formas en las que podemos articularlo son ilimitadas precisamente por el propio carácter ficcional del relato histórico. La capacidad imaginativa del relator de historias es lo que enriquece y permite articular la multiplicidad de hechos que se encuentran desperdigados en el tiempo.5 Muchos textos, por ejemplo, deciden poner el énfasis del relato histórico en el «¿cómo se sintió?», en vez de en el «¿qué pasó?». Esto, afirma White, no le resta en lo más mínimo carácter verídico a la narración, al contrario, más bien se está tratando al pasado desde un punto de partida distinto. Parece que justamente se le da un tratamiento desde el punto de vista práctico, desde lo que sintieron y vivieron los sujetos históricos en su cotidianidad. En este sentido, la cuestión sobre la «verdad factual» se vuelve mucho menos relevante, o en todo caso se vuelve un problema de cómo se representa el pasado, «es decir, de forma más que de mímesis».6

Por lo visto, los literatos entienden muy bien la función y riqueza del pasado habitual y cotidiano de los individuos, mientras que los historiadores nos seguimos dedicando a buscar «la verdad», a buscar sólo el «¿qué pasó?» en el pasado-histórico. Ahora bien, como mencioné anteriormente: existen ya diversos tipos y corrientes de la historiografía que buscan precisamente rescatar la mirada del individuo habitual y cotidiano. Sin embargo, sigue siendo cierto que cuando la pregunta en torno al pasado se vuelve «¿qué sintió tal o cual personaje?», la historia académica no tiene respuestas para nosotros; en todo caso tenemos que recurrir a los terrenos de la literatura para intentar comprender el sentir de los sujetos históricos.

White cita el ejemplo de una escritora estadounidense: Toni Morrison, y su novela Beloved, en la cual describe a Margaret Garner, una esclava afroamericana que logra escapar de su condición y que decide matar a su hijo para que no viviera en el mismo estado de opresión en el que ella vivía. Enfrentarte a este personaje histórico y no revelar qué sentía o qué pensaba es cortar una parte importantísima del pasado. Así que lo que hizo Morrison fue articular una narración en la que inventó los pensamientos del personaje y los articuló dentro del texto que era histórico en esencia. Esta libertad que se dan los literatos nos intimida a los historiadores: parece que, si el documento no habla, nosotros no tenemos la capacidad de imaginar y crear posibles escenarios que ocurrieron en el pasado. Marc Bloch, a principios del siglo xx, afirmaba que una de las labores del historiador es seducir la imaginación, y dicha labor no debería ser olvidada.

 Creo que el texto de White es una invitación que nos acerca al pasado práctico sin miedo a quebrantar el pasado monumental. El valor que tiene la cotidianidad del pasado tiene que ser recuperado en los discursos de los historiadores, la ficcionalidad del texto tiene que dejar de ser un tema tan intimidante, ya que, como se ha dedicado White a mostrarnos, ésta siempre está presente. Más bien tenemos que entender que si no recuperamos el pasado práctico, el discurso histórico se vuelve mucho más impersonal, en la medida en que habla de seres que vivieron en otro tiempo y espacio con nada discursivo que ayude a asimilar lo distante. En este sentido, recupero la idea de Dilthey, quien a principios del siglo xx afirmaba que la empatía es una condición indispensable para imaginar y comprender el pasado, lo cual fue desechado por muchos bajo el argumento de constituir un psicologismo inadmisible en una historia científica, pero que, a la luz de la necesidad de incorporar la reconstrucción del pasado-práctico de los sujetos históricos, se vuelve indispensable en su elaboración, haciendo del pasado un todo: práctico e histórico.

Bibliografía

Hayden White, The Practical Past, Evanston, Northwestern University Press, 2014.


1 Aunque es una historia que no permitía la inclusión de elementos ficcionales, White argumentará que, más allá de si la referencia al pasado tiene pretensión científica o no, siempre será una construcción y en ese sentido una ficción: «Por ficción entiendo una construcción o una conjetura acerca de lo que posiblemente ocurrió o pudo pasar en algún momento y en algún lugar, en el presente, en el pasado o incluso ciertamente en el futuro». Hayden White, The Practical Past, p. x.

2 Ibid., p. 10.

3 Ibid., p. 14.

4 White afirma: «Por supuesto, los tratamientos artísticos y literarios del Holocausto deben ser un problema para los historiadores del Holocausto que miran este acontecimiento como teniendo algo así como un estatuto sacro. Y éste es especialmente el caso cuando artístico es identificado con estético y literatura es identificada con ficción». Ibid., p. 27.

5 «Pero la composición de una narrativa sobre acontecimientos reales es una operación inventiva: conjuntos de acontecimientos en la vida real no toman la forma de historias». Ibid., p. 67.

Ibid., p. 39.