Número 76

El Son Rojo

Lucía T. Courtoisie Mazzucchelli

I. (Las Furias)

La que eucarísticamente y húmeda
traga entera la palabra lampaguala.

La que tiene papilas gustativas
y uñas largas en las piernas.

La que se alimenta a lenguas
de ruiseñor y hablas.
 
La que tiene hambre
en equidistantes proporciones.

La que se excede de costado en el triclinium
y quiso por hueso suicidarse.

La que memoria de mentira los presagios
de las torres que no han sido aún erigidas.

La que tiene la boca llena
de comadrejas copulantes.

La que creció a cerebrina y miriñaques
en una vorágine de gasas y tijeras.

La que vive en un tártaro sidéreo
vestida de aciertos, cartílagos, catarsis.

La venusina trémula de aversión por las personas
psicotómicas como ataúdes desmadrados.

La malversada y soñolienta
que termina en la apoteosis de los cielos.

La irrefrenable vocinglera plenilunada
de sapiencia felina y mirada sepulcral.

La que usa la palabra furor
todos los días.

La mandrágula pía y lábil, endogámica estridente,
trashumada en profecía.

La que prorrumpe en el cielo su grito
como una viruela peculiar.

La que consigna algebraica
su penitencia meridiana.

La que se carcome a sí misma
con la mandíbula que es su estómago.

La que se holograma
como un espejo complaciente.

La de las manos febrífugas que se pone de cabeza
para repatriar su sangre.

La que a trirreme de siniestra
recorre un río de peniques ojos.

La que despierta en una cama atiborrada
como un charco de pájaros estínfalos.

La venérea y corrosiva como una luna combusta
que órbita su mirra en la anomalía de un naufragio.

La que ama pandémica, triste, desconsideradamente,
eucarísticamente y húmeda.

II. (Las Gracias)

La que ama
delicuescentemente.

La que se sale de sí misma
por entera.

La que inventa donde ignora.

La que se desvela avivando
la oriflama tripartita.

La que sazona los gerbos y los tritura
por dar mesopotámico el banquete.

La que unge los cabellos
de los convidados en aceite.

La que penetra como una acusación la turbamulta
hasta no ser quién para juzgarla.

La que paga las ofensas
con una cortesía.

La que aplasta las excusas de los otros
con su peso de memoria de elefante.

La que en el fondo no conforma
ninguna suspicacia.

La que lleva los fruncidos en el ceño
y las costuras en la espalda.

La que ha desandado el camino del error
siendo a través del cuerpo propio.

La certera como una profecía pitia
puesta al favor del psicoanálisis.

La que vive como una indigente
y más que tísica es dandy.

La que se aferra a lo irretenible
con una frugal indiferencia.

La que acaricia las paredes de la casa
como si fuera el lomo de un animal grande.

La que sobrevivió en la palabra como mueren
los lactantes a los que no se les habla.

La que no quiso
decir lo que dijo.

La que resurrecta posesa en la palabra
y no quiere premio ni lobotomía.

La enérgida que intuye las almas
que hay detrás de su discurso.

La que canta el sol con su piel náhuatl
y canta un dolor de oscuras sales.

La que despierta acumulada como gotas
de un mercurio sacramental.

La que bellaquea como una diana de destreza
y vibra como un cuenco tibetano.

III. (Las Parcas)

La enlutada como una calumnia
que pudriera la lengua que la dice.

La que vegeta como un despojo de sí misma
entrado en carnes.

La que se anda sin remilgos
por las desgracias más egregias.
 
La que guarda latas y cajitas
en los bolsillos que tiene su mortaja.

La póntica sirena hermafrodita
que prolifera por su lengua de mercurio.

La que sueña olfativamente
las catacumbas de Mont Martre.

La que se flagela el alma errante
con el látigo escamoso de sus vicios.

La que descifra lo que dice el tenedor
que barre el plato con agravio.

La que devora el huevo lustral
a cambio de ser purificada.

La que practica el bovarismo
y anota la nota de su histeria.

La que devora la lumbre en el espacio
crepuscular del hambre.

La que recrudece katabásica
alquímica y a contracorriente.

La que engendra el olvido
que la vuelve perversa.

La errática que lleva siempre
la tijera afilada entre los dedos.

La que previene a tres voces como un púlpito
de pitonisas parlantes.

La que bufa
categóricamente.

La que teje como aracne la memoria
que sostiene a cuántos elefantes.

La que oscila, se desdice
y pierde el punto.

La que siente gusto a kutia en las papilas
con una Hécate de apócope y gastrítica.

La que se llama Catalina Tisis Culta y Müsgo
y se place en presentarse.

La que sabe que aún hoy
la pueden quemar por esto.

Sobre el autor
Lucía T. Courtoisie Mazzucchelli es una poeta uruguaya nacida en 1986.