José Ramón Ruisánchez Serra

BOLAÑO Y ELTIT: APORÍAS DE LA AMISTAD

La parte de los críticos puede ser leída de muchas maneras distintas pero aquí, ahora, me interesa activarla como una novela de amistad. Y acuño la frase en el mismo sentido en que podemos hablar de una novela de terror o de una novela de amor. No pongo mis ejemplos al azar. Porque lo que me interesa al proponer la novela de amistad y tensarla con estos otros dos modelos temáticos de mayor prosapia es subrayar el enorme logro de Roberto Bolaño al volver no sólo narrativos sino efectivamente emocionantes los lentos procesos de la amistad y no sólo de la que comienza sino, sobre todo, los de la amistad que continúa, de la que supera sus imposibilidades.
Me interesa leer El cuarto mundo en tensión con La parte de los críticos, ya que Diamela Eltit erosiona la metáfora de la familia y centralmente de la fraternidad como figura máxima de la amistad al convertir la cercanía obligatoria en exceso asfixiante, precisamente en cimiento de la enemistad. Esta cercanía no causa una fascinación narrativa de la misma índole que La parte de los críticos; no invita a una lectura acelerada, sino a un avance minucioso donde la fascinación proviene del modo en que las palabras van siendo capaces de analizar una enfermedad, un desagrado, una violencia latente que, cuando finalmente se desata, casi nos alivia por la enorme tensión acumulada.
Lo importante de la tensión entre ambas obras es el cerco con el que nos permite asediar su tema común: la amistad y la enemistad, sobre todo en tanto figuras de lo político, e iluminar sus disyunciones e incluso sus afinidades secretas, las que sólo se
revelan en los márgenes de los dos libros, esos márgenes que permanecerían opacos de no ser por la luz difusa que su lectura continuada, contrastante, que su aleación (o alianza) produce.

I: DISTANCIA
La parte de los críticos comienza con las historias separadas de los cuatro germanistas
--un francés, un italiano, un español y una inglesa-- expertos en Benno von Archimboldi, un autor alemán al que aparentemente nadie ha visto jamás, a quien, antes de las fatigas críticas de estos académicos, poquísima gente leía o mencionaba siquiera como una posibilidad de lectura.
La distancia geográfica que separa a los críticos de la novela de Bolaño es autoevidente, pero hay que subrayar también que la distancia es casi inmediatamente cercanía: moderada por el tamaño de Europa y por su bienestar económico; los medios de comunicación avanzados la atemperan aun más. Además se debe agregar la densidad de las actividades académicas que posibilitan la cristalización del grupo, primero en tanto escuela --enfrentada a otro bando de archimboldistas, al que vencen-- que después, gracias al efecto catalizador de la victoria, se convierte en amistad: “Esa misma noche cenaron juntos en una estrecha y alargada taberna ubicada cerca del río” (27). Distancia pues, que es cercanía: el teléfono, el internet, los aviones, los trenes; pero al mismo tiempo la cercanía no es nunca una vecindad hacinada.
Se debe subrayar que esta distancia cómoda, esta cercanía nunca implica vecindad, pues el vecino --en el sentido que lo entiende Slavoj Zizek criticando a Emmanuel Levinas-- es monstruoso: “the neighbor is the (Evil) Thing which potentially lurks beneath every homely human face” (2008, 16); su maldad, su inhumanidad, se revela precisamente con la cercanía. No es que el rostro del otro carezca de las capacidades de exigir compasión --en ello estoy completamente en desacuerdo con Zizek--, y tampoco es que si uno explora más a fondo los escritos de Levinas, se pueda decir que éste ignore que debajo del rostro, en el interior cuerpo, existen zonas monstruosas.
Resulta mucho más productivo pensar el rostro como el umbral de lo más hondamente humano; de la única posibilidad de formar un sujeto ético mediante la necesidad de todos los demás y al mismo tiempo como lo que revela el núcleo no sólo inhumano sino inhumanizable del prójimo (próximo). El rostro como la imagen más clara del hecho de que el paso entre la amistad y la enemistad no es un rompimiento sino un pliegue, que están trenzadas de manera inevitable.
Este pliegue es precisamente el locus de mi lectura, el punto que asedia la unión de ambas novelas y que precisamente, en tanto pliegue, permite su continuidad (y no sólo contigüidad). El pliegue permite pensar varios aspectos de la proximidad: no sólo su continuidad, sino también su economía y por lo tanto su geografía. Así, por ejemplo, mientras que Bolaño nos muestra la amistad necesariamente europea, Eltit nos enseña de manera muy precisa el tránsito hacia la enemistad fraterna de lo que ella llama, con humor ácido, “el cuarto mundo”.
Sin más, y en contraste con las vidas separadas de los traductores de La parte de los críticos, vale la pena leer el estremecedor inicio de El cuarto mundo como ejemplo de esta extrema cercanía:
Un siete de abril mi madre amaneció afiebrada. Sudorosa y extenuada entre las sábanas, se acercó penosamente hasta mi padre, esperando de él algún tipo de asistencia. Mi padre, de manera inexplicable y sin el menor escrúpulo, la tomó, obligándola a secundarlo en sus caprichos. (Eltit 147)
Esta violación conyugal, se repite al día siguiente dejando a la madre preñada de nuevo:
Recibí el sueño de mi madre de manera intermitente. El color rojo de la lava me causó espanto y, a la vez, me llenó de júbilo como ante una gloriosa ceremonia.
Llegué a entender muy pronto mis dos sensaciones contrapuestas. Era, después de todo, simple y previsible: ese 8 de abril mi padre había engendrado en ella a mi hermana melliza. (148)
Así, la excesiva cercanía carnal de los padres engendra a un par de hermanos que no gozan nunca de la distancia mínima para poder quererse, del misterio necesario para lograr la amistad:
Toda esa rutina constituía para mí una falta radical de estímulos que no me permitían sustraerme de mi hermana melliza, quien rondaba cerca mío. Aun sin quererlo, se me hacían ineludibles su presencia y el orden de sus movimientos e intenciones. Pude percibir muy precozmente su verdadera índole y, lo más importante, sus sentimientos hacia mí. (149)
Todo el arranque de la novela narra una acción cuyo espacio es intrauterino, donde los hermanos --cada vez más incómodos, cada vez más apretados-- son capaces de comprender las acciones y la economía del deseo que liga a sus padres mediante una especie de transmisión amniótica.
No es casualidad que precisamente la cercanía excesiva de los mellizos le provoque a su madre un dolor de tal intensidad que la vaya demoliendo: “Con la espalda casi partida por el esfuerzo, su cara le devolvía el terrible trabajo orgánico que realizaba. Las placas alérgicas habían destrozado su rostro” (155), y que precisamente este ataque de la la cercanía y el dolor, muestre el rostro horrendo de lo (demasiado) próximo (prójimo). No es sólo el hecho bien conocido de que das Ding --el primer objeto de placer, el único perfecto y añorado desde entonces en cadenas metonímicas que nunca logran la satisfacción originaria-- sea precisamente la sensación de la madre antes de la separación primera, sino que precisamente el rostro inhumano de lo demasiado vecino se sobreimpone (o acaso revele) precisamente en la madre. Esto muestra el salto de lo amado-cercano a lo demasiado cercano-inhumano que constantemente se practica en El cuarto mundo.
Recordar desde el rostro destrozado de la madre el secreto más evidente de La parte de los críticos muestra una de las figuras de la tensión entre las dos novelas. Contra la cercanía devastada, el rostro de Archimboldi es horizonte, lejanía absoluta que ninguno de sus estudiosos llega a contemplar nunca. Esta misma línea puede traducirse en términos topológicos: adentro y afuera. Mientras que los críticos no pueden sino ocuparse de la obra del autor, y por lo tanto de su exterioridad más pura, los mellizos de El cuarto mundo habitan un mundo de absoluta vergüenza, en el que se presentan los procesos internos, lo corporal-monstruoso que a su vez se reproduce en el ámbito de la casa como refugio contra el espacio público y que se puede desdoblar como lo subdesarrollado nacional en el sistema mundo inaccesible.

II. EL AMOR COMO CERCANÍA (EXCESIVA)
La presencia-exceso del interior y la ausencia-deseo de la pura exterioridad pueden pensarse vehiculando la economía del amor si lo pensamos no como grado máximo de la amistad sino a partir de lo que dice Derrida (leyendo muy de cerca a Kant, sobreimponiendo como suele hacer la voz del otro a la suya, apenas murmurando por los huecos del discurso de su amigo/enemigo), esto es, como su desborde, como el horizonte de su posibilidad que, cuando se alcanza, la erosiona:
No hay respeto, como su nombre indica, sin la vista, y la distancia de un espaciar. No hay responsabilidad sin respuesta, sin aquello que el hablar y el oír dicen invisiblemente al oído, y que toma tiempo. La coimplicación de la responsabilidad y del respeto es sensible en el corazón de la amistad, uno de cuyos enigmas residiría en esa distancia, en esa consideración en lo que concierne al otro: una separación respetuosa parece distinguir la amistad del amor. (Derrida 282, subraya él)
El amor enemigo de la amistad en La parte de los críticos se llama Liz Norton, la crítica, el vértice donde confluye el deseo de los tres críticos --Pelletier, Espinoza y Morini. Liz Norton es el polo que va modificando la figura de los cuatro amigos --de los tres amigos y de la amiga-- y de convertirse en una pareja estable de alguno de ellos la quebraría definitivamente. Liz Norton es la tentación de faltarle al respeto a los otros amigos, el deseo de cancelar la separación: cada quien viviendo en una ciudad en un país distinto.
Por otra parte, en El cuarto mundo el amor nombra el momento en que la fraternidad transgrede su definición más elemental, la negativa --los hermanos no tienen intercambio sexual-- mediante el pasaje al acto del incesto, el acto monstruoso por excelencia, el cortocircuito entre dos que han perdido la misma Cosa (Ding).
En ambos casos la pregunta es la misma ¿qué tan cerca es posible estar sin dejar de ser amigos?
El amor --tanto el “natural” como el “antinatural”-- son, en el último resumen, los nombres de aquello que acaba con el respeto, esto es la distancia mínima de la amistad posible. El amor es, en este sentido, el nombre prestigioso de la irresponsabilidad. Este límite resuena en lo político cuando pensamos el respeto --la condición de posibilidad de la amistad-- abandonando su condición íntima y acumulando su suma hasta la masa necesaria para saltar de lo subjetivo a la esfera pública de lo intersubjetivo (y aquí invierto la pregunta que relee Derrida, la pregunta por el número máximo de amigos para convertirla en el número mínimo de ciudadanos). Esto es, cuando se convierte en civilidad. Zizek (2008, 18-22) nos recuerda que no es que la civilidad haya surgido con la era del individualismo, sino que, por el contrario, el individualismo sería absolutamente impracticable si no fuera dentro de un ámbito civil(izado). En este sentido, la civilidad no es una serie de reglas que nos constriñen sino la estructura misma de lo que llamamos libertad, en el mismo sentido en que la obediencia ciega a las leyes y a las costumbres es la condición de posibilidad de una reflexión racional libre (Zizek 1989, 80).
Lo que me parece sumamente inquietante es este límite de la civilidad y por ende de la libertad, de la posibilidad de una política democracia, por un lado dadas ciertas circunstancias de cercanía extrema, y el odio que causa el hacinamiento: una vez más, la revelación de las miserias de lo demasiado humano y el abismo de lo inhumano; pero por el otro la incompatibilidad de la civilidad-amistad con el amor, con lo que aparece en la tradición como el grado máximo de la amistad, con ese horizonte que de pronto hay que forzar a que permanezca asintóticamente inalcanzable: como el objeto pulsional que si se logra, hace fracasar su verdadero proyecto de circulación asintótica.
Desde la perspectiva del posible doble fracaso de lo político se debe a un aspecto crucial de ambas novelas, a toda la reflexión sobre la amistad, a su cruce y separación con el amor. La vertiente que traiciona la amistad está signada --o así lo quiere la tradición-- por el género femenino. El amor es femenino en la misma medida que la amistad es masculina. En las novelas el amor aparece como prueba para la amistad: es su peripecia. Al final esta es la definición radical de la civilidad: ser amigos a pesar del odio que genera el amor. ¿Y no es ésta la pregunta por una amistad no fratrocéntrica? ¿No es acaso una pregunta que intenta modificar lo universal político precisamente desde sus exclusiones más radicales?



III. LOCALIZACIONES
Y de aquí es necesario insistir en el elemento geopolítico: la Europa donde comienza La parte de los críticos y, por otra parte al país sin nombre de El cuarto mundo que se puede definir de manera un tanto obvia como el Chile postdictatorial pero también toda esa isotopía que se define precisamente por el hacinamiento monstruoso alegorizado en la novela.
Por supuesto, en el momento mismo en que formulamos la pregunta de dónde se puede ser amigos, pasamos de la mera geografía a una economía de la amistad en el sentido amplio del término: finalmente aquello que determina las inclusiones y las exclusiones. ¿Quién puede pagarse la distancia suficiente para la amistad? ¿Puede ser amigo el subalterno? Y por ende, de regreso a lo político ¿puede pensarse en una verdadera democracia en aquellos lugares donde la amistad que debería modelarla es imposible incluso entre hermanos? ¿Y si la amistad posible acaba con el modelo mismo de la amistad: la fraternidad, la familia?
Y con estas preguntas es necesario asediar a Bolaño y La parte de los críticos para pensar la geografía de su final. El rumor de que Archimboldi está en México los hace volar primero a la capital del país y luego desplazarse hacia el norte, a Santa Teresa --el doble de Ciudad Juárez-- para buscarlo. Al final, en Santa Teresa sólo quedarán Pelletier y Espinoza, mientras que, finalmente Liz Norton halla el amor con Morini. Pelletier y Espinoza --que habían disputado por el amor de Norton y que en Santa Teresa incluso habían intentado el intercambio sexual de tres (un exceso de la cercanía en esta novela, que por supuesto sólo lleva a la separación)-- terminan estabilizando su relación: son dos hombres que son amigos. Mientras que los otros forman también una relación canónica: la de la pareja.
Lo importante es que --y aquí debo extenderme hacia el resto de 2666-- la llegada al norte maquilador de México, donde sucede la serie de asesinatos de mujeres cuya descripción repetitiva, casi helada constituye el corazón del libro. Me parece que el terminar el libro sobre el bienestar “postindustrial” precisamente en el lugar donde se ha mudado la industria y su malestar, implica el curvamiento de lo global en dirección de sus verdades menos optimistas, hacia el ámbito terrible y necesario para los placeres del primero, y de ahí su importancia como gran libro sobre el momento actual del sistema mundo. Es aquí donde, entre maquiladoras, desaparece el rostro de Archimboldi --el producto de la alta cultura de la posguerra-- y (re)aparece otro mundo, el cuarto.
Este desplazamiento --el geográfico: del jardín del bienestar del capitalismo avanzado a sus desiertos-- es el que me permite pensar el pliegue de la amistad, el momento en que la enemistad se muestra indispensable para la amistad. No sólo como un subproducto indeseable del fundamento económico --en el sentido habitual de la palabra-- de las distancias y distracciones propias de la amistad como joya de la corona de la alta cultura, como premio de la civilización, sino en un sentido mucho más amplio que vale la pena considerar en detalle.
Una economía sin subalternos --esto es, sin miembros excluidos-- es absolutamente impracticable la exclusión es necesaria (como nos recuerda Jameson en su reciente libro sobre la utopía Archaeologies of the Future, como nos recuerda Alberto Moreiras en su fundamental The Exhaustion of Difference, o bien, como nos recuerda Marx desde la década de 1870). Pero comienza a ser más interesante cuando la pensamos como pliegue: la exclusión es representada en el interior de la economía como el (justo) castigo a quien no obedece sus reglas. El vago o el adicto, el loco o el buscapleitos, son parte de lo que introduce el afuera al universo de lo pensable para una economía. Incluso, del perfil tranquilizador del enemigo, del más allá de la ley. Me permito volver para ello a Derrida (ahora leyendo a Carl Schmitt):
Perder al enemigo, en esta hipótesis, no sería necesariamente un progreso, una reconciliación, la apertura de una era de paz o de fraternidad humana. Sería algo peor: una violencia inaudita, el mal de una maldad sin medida y sin fondo, un desencadenamiento inconmensurable en sus formas inéditas y así, monstruosas, una violencia en relación con la cual lo que se llama hostilidad, guerra, conflicto, enemistad, crueldad, odio incluso, reencontrarían contornos tranquilizadores y finalmente apaciguadores, puesto que identificables. (101)
Acaso el ejemplo fundamental para la tensión entre los dos libros que me ocupan es el de la prohibición del incesto: esa negatividad excluida, al mismo tiempo es un pliegue que define la positividad de la estructura elemental del parentesco y se introduce en ella que existe como lo real que cierra (y abre) esta estructura simbólica. Es al mismo tiempo la culpa que hace que los habitantes del cuarto mundo lo merezcan. Esto funciona del mismo modo en la lectura derridiana:
Que lo político mismo, que el ser-político de lo político surja en su posibilidad con la figura del enemigo, éste es el axioma schmittiano en su forma más elemental. (…)¿A quién se dirigiría entonces? (“¡Enemigos…!”, feinde…!), ¿a qué enemigos? Quizá a sus enemigos políticos con los que seguiría compartiendo ese amor a la guerra fuera de cuyo horizonte, según Schmitt, no hay Estado. Pero quizá se dirigiría también a los enemigos de lo político, a los últimos de los enemigos, a los peores, a enemigos peores que enemigos. (103)
Hay en este fragmento, además de la parte más evidente, el dirigirse al enemigo como instancia que asegura la propia posición subjetiva dentro de la corrección económica, el propio ser amigo, esa segunda mitad inquietante. La existencia o al menos la sospecha de la existencia de otro orden de exterioridad, no la que el pliegue muestra pero al mismo tiempo contiene en todos los sentidos, sino una radicalmente distinta, que no alínea su deseo con el hecho de la pertenencia al interior de la economía y por lo tanto niega la enemistad concebible, “noble”.
En el último resumen, la novela de amistad de Bolaño ratifica no sólo los modelos clásicos sino, sobre todo, su límite implícito, el afuera de la enemistad noble con el resto del mundo para lograr el cierre posible del bienestar. Basta recordar la escena terrible y divertida, terrible por divertida en que los amigos europeos y educados le dan una golpiza al taxista pakistaní que llama puta a Liz Norton. Incluso en Santa Teresa, cuando Espinoza seduce a una chica mexicana, es claro que el límite de este amor es el breve romance, unos pesos y nada más: ni el pasaporte al adentro de la Unión Europea ni el cambio de clase social.
El final “feliz” --si “felicidad” es estabilizarse en los modelos de una tradición hegemónica-- de La parte de los críticos lleva mediante esta economía compleja de la amistad al de El cuarto mundo. ¿Qué pasa cuando el afuera radical de lo irrepresentable de una novela es precisamente el monstruoso interior de otra? ¿No aparece acaso aquí “los enemigos peores que enemigos”?
Los mellizos engendran una hija que “irá al mercado”: el fruto de unos amores que lindan en odio, unos amores miserables pero que, al mismo tiempo, destruyen el modelo del deseo establecido en la tradición. Se ha discutido la incorporación de mitos en Eltit, pero sin la hondura necesaria al explorar las implicaciones de esta reescritura. En este caso, la abolición edípica es el desborde de la contención del pliegue en la economía del capitalismo avanzado, la infección del adentro, un pasaje al acto (de la amistad). La importancia de esta reescritura transgresiva del mito es que acaba con la figura permisible de la amistad-enemistad, del enemigo como uno que, en realidad, quiere unirse a los amigos, que está afuera temporalmente, penando un castigo, pero que concibe y se concibe en el mismo mundo que los de adentro. Lo importante de la reescritura del mito en el contexto de la imposición del mercado como modelo único es la socavación de los cimientos de su significación, no ya de su imposición, sino de su unidad, de su solidez económica.
***El hecho de sobrevivir en un lugar donde no hay distancia suficiente ni para la civilidad ni para la compasión ni para la amistad, pero donde, bajo una presión infinita de cualquier modo se gesta un futuro de la amistad, que acaso no es más terrible que el canónico. Lo importante de esta trasgresión suprema es que, como nos ha enseñado Judith Butler, modifica la universalidad de la economía que lo había colocado en su lugar, generando una re-topologización en que los “enemigos peores que enemigos” curvan el espacio metafórico y llegan a ser hermanos enemigos.
¿Cómo podría estar un hermano sujeto a la hostilidad absoluta?[, sabe preguntar Derrida]. “Va a haber que invertir la hipótesis. Sólo hay hostilidad absoluta para un hermano. Y la historia de la amistad es sólo la experiencia de lo que, en esta perspectiva, se parece a una sinonimia inconfesable, a una mortífera tautología” (173)
El libro completo de Diamela Eltit habita esta tautología no como el horizonte del ejercicio felizmente galocéntrico de Derrida, sino como el estar mismo en la enemistad como ejercicio fraternal conyugal; como transcurrir que brama una política fiera en su parálisis postpolítica. La colección de sus gestos paralizados, de su retiro del espacio público son su imposible política de la amistad. Recordemos con Nelly Richard que El modelo consensual de la “democracia de los acuerdos” buscó acotar desbordes:
Desbordes de nombres (la peligrosa revuelta de las palabras que diseminan sus significaciones heterodoxas para nombrar lo oculto-reprimido fuera de las redes oficiales de designación); desbordes de cuerpos y de experiencias (los modos discordantes en que las subjetividades sociales rompen las filas de la identidad normada por el libreto político o el spot publicitario con zigzagueantes fugas de imaginarios); desbordes de memorias (las tumultuosas reinterpretaciones del pasado que mantienen el recuerdo de la historia abierto a una incesante punga de lecturas y sentidos). (27)
El cuarto mundo es puro desborde. No desde el pasado pretendidamente suturado, sino desde ese presente huérfano de renarración. Los nombres y sobre todo las experiencias de los proscritos son su textura misma. Un desborde que desborda la enemistad y la lleva a ser posibilidad de amistad. Un desborde que pretende poder actuar asumiendo lo que Willy Thayer diferencia como lo que le sucedió “a” la historia de Chile en contraposición a lo que sucede “en” la historia de Chile (20). Un desborde desde el afuera interiorizado: una traición del pliegue que quiebra la universalidad
Finalmente ambos libros se tocan en el mercado: en los milagros y horrores del mundo globalizado, que reparte sus quehaceres económicos y, con ellos, los quehaceres de la amistad. La tradición en Europa y el horror de incesto en el cuarto mundo. Pero, lo interesante es la codependencia, cómo el uno es la parte inhumana que cimienta la humanidad del otro. Cómo al final la monstruosidad de lo excesivamente próximo logra re-incorporarse en la proximidad del mercado --que, como han insistido varios críticos es también el espacio público, el lugar de encuentro, la plaza-- a la distancia de la amistad noratlántica como su otro, no como enemistad, sino como amistad que tensa los modelos existentes, como amistad que le sucede “a” la amistad, dislocando el molde fratrocéntrico a partir mismo de sus exclusiones.

FUENTES CITADAS
Bolaño, Roberto. 2666 Barcelona: Anagrama, 2007
Butler, Judith. Antigone´s Claim. New York: Columbia U.P., 2000
Derrida, Jaques. Políticas de la amistad. Francisco Vidarte y Patricio Peñalver (trads.).
Madrid: Trotta, 1998
Eltit, Diamela. Tres novelas. México: FCE, 2004
Richard, Nelly. Residuos y metáforas (Ensayos sobre el Chile de la Transición).
Santiago: Cuarto Propio, 2001
Thayer, Willy. El fragmento repetido: Escritos en estado de excepción. Santiago:
Metales Pesados, 2006
?i?ek, Slavoj. The sublime object of ideology. New York: Verso, 1989
--. In Defense of Lost Causes. London: Verso, 2008