CAROLINA LIVINGSTON
Viaje en subte: 
fragmento de vida urbana

 

 

En el orden de los acontecimientos altamente convencionales y perfectamente regulados, en el orden de los encadenamientos vaciados de la más elevada necesidad, la ceremonia es el equivalente de la fatalidad.

               Jean Baudrillard

 

 

Introducción

 

El Metro o subterráneo, -su intención y su implementación- está emparentado con la política, la matemática, la economía y la arquitectura. Pero considerando que el tren subterráneo es un medio de transporte típico de las sociedades modernas y no siendo historiado-

ra, ni topóloga, ni arquitecta, no puedo más que comenzar en que su ubicación primera en la sociología se sitúa en su uso social en un espacio cultural y socialmente determinado: la ciudad. Pero este ensayo de investigación atiende a un solo aspecto de este tema: el proceso de acción social de viajar en subte como fragmento de vida urbana. Habremos de conformarnos con esto. Sin embargo, como ya tendremos oportunidad de colegir, las ansias de un conocimiento general sobre la cultura de la vida en la ciudad estarán contempladas, puesto que no existe ningún fenómeno particular de la vida social moderna que esté incapacitado de dar cuenta de lo general y común a todos los aspectos de la vida en la ciudad de esta época. Lo particular y específico si es tratado en profundidad nos habla de lo general. Y esto es así, inevitablemente.

Racionalidad

 

En el proceso secuencial de la acción de viajar en subte se observa con claridad que la racionalidad marcadamente pautada que el proceso secuencial prefigurado impone a los usuarios oprime, de principio a fin, toda posibilidad de impresión y expresión subjetiva, singular, individual (Simmel).

Su trayectoria, se da en el tiempo y en el espacio sobre un despliegue de puntos determinados en el espacio citadino: mientras pasa el tiempo, el subte atraviesa una distancia. Y el sujeto, también. Cada punto es una estación donde se renuevan los pasajeros, algunos ingresan al tren, otros salen de él a la calle o en búsqueda subterránea de otro tren con el que hacen combinación para llegar al destino que pretenden. Combinan, es decir, arreglan y disponen ordenadamente de varias cosas análogas que en su emplazamiento sirven para llegar al lugar que previamente ha dispuesto y en el tiempo aproximadamente deseado, en función de un cálculo previo.

En el diccionario Laurosse se dice que combinación es una "//especie de cóctel. // " Fig. Medidas para asegurar el éxito de una empresa: el azar se suele burlar de las más sabias combinaciones.// En química, combinación significa unión de las moléculas de dos o más cuerpos, de la que resulta una substancia diferente." Análogamente, el sujeto hace un cóctel, toma medidas, une imaginariamente dos trenes con dos trayectos diferentes para crear en esa combinación el trayecto que le conviene, un trayecto diferente y que sin embargo fue contemplado en su posibilidad por las mentes que pergenieran las líneas de trenes subterráneos aunque no necesariamente en su diferencia y especificidad. En el mismo diccionario se afirma para combinar: "( del lat. combinare ) Unir cosas diversas de modo que formen un compuesto// Disponer en orden: combinar sus medidas", y para combinatoria: "f. Parte de las matemáticas que estudia las propiedades de los elementos en cuanto a su posición y grupos que pueden formarse entre ellos." El sujeto hace una composición de lugar y una composición de tiempo en función de fines premeditados y de serle necesario hace un compuesto y estudia a los elementos en cuanto a su posición y grupos que pueden formarse entre ellos. Esto lo hace tanto el topólogo como el sujeto lego usuario del metro.

La utilización del subte por los sujetos es paralelamente la utilización de una técnica que une armoniosamente fines y medios. Recordemos las palabras de Max Weber: "Cualquier reflexión conceptual acerca de los elementos últimos de la acción humana provista de sentido se liga, ante todo, a las categorías de "fin" y "medio". Queremos algo "en virtud de su valor propio" o como medio al servicio de aquello a lo cual se aspira en definitiva." Emile Durkheim observa en cambio que la distinción entre fin y medio es falaz puesto que si optamos por un medio hemos de quererlo como fin. En la elección de viajar en subte se unen las categorías de fin y medio, en la voluntad (aunque no originaria) del sujeto, y sin que dejen de estar ordenadas ambas categorías en un razonamiento.

La cosificación

 

Sin embargo, por lo menos en este caso, la reflexión, ya se lleve a cabo por el sociólogo o por el sujeto usuario, advierte que con anterioridad al sentido subjetivamente mentado y al cálculo, existe una amplia estructura del esquema fines- medios que es física, y que es tenida en cuenta como estructura real y no por ello menos conceptual, sobre la que en un fragmento, se monta la estructuración lógica subjetiva. Es decir que la estructura social en el ámbito a que refiere la presente investigación no es principalmente entelequia subjetiva sino primera y fundamentalmente cosa objetiva y material, se trata de representaciones sociales cosificadas convertidas en arquitectura social y cultural moderna y contemporánea que infligen un sentido en las organizaciones psíquicas subjetivas, y que si bien son objetos y medios para los sujetos, son cosas previas (aunque en el momento de su planificación no lo fueron) que llaman a ser utilizadas por los sujetos. El objeto en este sentido no es meramente pasivo, sino por el contrario es un objeto activo no solo en cuanto recibe su atributo de actividad en la medida en que es usado como medio sino en tanto y en cuanto objetivamente, llama a la acción de los sujetos, los convoca para que su significado y dirección, su sentido (sólo reversible desde el punto de vista de la multiplicidad y relatividad de su uso social) cobre vida. El tren subterráneo es una forma social que está viva y persiste en sí misma mientras sea utilizada con el mismo sentido para el que fue prevista y construída y mientras no sea sustituida por otra distinta de sí.

Max Weber en 1904 en su ensayo "La "objetividad" cognoscitiva de la ciencia social y la política social": "Que nuestra existencia física, así como la satisfacción de nuestras necesidades más espirituales, choquen en todas partes con la limitación cuantitativa y la insuficiencia cualitativa de los medios externos necesarios para tal fin, y que tal satisfacción requiera la previsión planificada y el trabajo, al par que la lucha contra la naturaleza y la asociación con otros hombres, he ahí -expresado del modo más impreciso- el hecho fundamental al que se ligan todos los fenómenos que caracterizamos en el sentido más lato, como económico-sociales". El viaje en subte es "un proceso de la vida cultural que está anclado, de manera directa, en aquel hecho fundamental" que hace de él un fenómeno económico social de las sociedades modernas.

 

El urbanita

 

Pensemos ahora en su inserción en la ciudad, y por qué no, en nosotros. Cuando Simmel se pregunta por el fundamento psicológico de la individualidad del urbanita u hombre de las grandes ciudades, encuentra que es el " acrecentamiento de la vida nerviosa"... que tiene su origen en el rápido e ininterrumpido intercambio de impresiones internas y externas". Observa también que el hombre de la ciudad es preminentemente un "ser de diferencias" porque "su conciencia es estimulada por la diferencia entre la impresión del momento y la precedente", pero el problema está en la "escasa autonomía subjetiva" de este sujeto de las diferencias.

Además, en el caos de la ciudad, si la percepción no es intencionada, "las impresiones son persistentes y sus diferencias insignificantes" y aún en el caso de que la percepción traiga a su cargo una intención "las regularidades habituales del transcurso de las impresiones y sus oposiciónes -lo que Bergson llama durée: " duración interna del flujo de conciencia" consumen menos conciencia que la rápida aglomeración de imágenes cambiantes." Piénsese por ejemplo en la vasta (¡Basta!) propaganda comercial a la que somos sometidos y por la que somos contínuamente interpelados sin que el sentido que a ésta aglomeración pudieramos darle, participe en lo más mínimo en su constitución de hecho y de derecho.

Las multiplicidades de la vida económica, profesional y social generales y particulares (internacionales, nacionales y personales), están reguladas por razones e impresiones que se nos imponen. Por lo cual, las variaciones para las que hay lugar en la acción de los sujetos no son subjetivas sino objetivas y no son imprevisibles y por ende novedosas, sino previsibles -y más aún, calculadas- y habituales.

Se nos exige conciencia, pero ésta está llamada a ser conciencia de lo objetivo en acto, conciencia impersonal. Heidegger dice en alguna parte que "la mayoría de las cosas ocurren como si no las hubiera decidido nadie" (subrayado mío) y si elijo esta frase es porque podría ser el título de todas y cada una de mis observaciones sociológicas.

 

La temporalidad

 

Comencemos ahora la averiguación de que hay de instante presente en el fenómeno del subterráneo considerado en su topología, su existencia física y su sentido así como en su utilización por parte de los sujetos.

No podemos negar la persistencia real del pasado y la imaginación del futuro aún cuando rememorando un viaje en subte reconozcamos instantes "personales". Si no fuera por la miseria subjetiva que nos queda en que actualizamos ese pasado, las más de las veces pensando en el futuro próximo, en situaciones de apuro. Porque en la ciudad casi siempre estamos apurados. Tal es así con el carácter de pauta normativa, que el que negara esta condición recibiría el mote de vago, o más coloquialmente: "Vos porque no tenés nada que hacer".

 

El hábito

 

Según Gastón Bachelard * el hábito es "ese legado de un pasado difunto" cuya "fuerza da al ser una figura estable bajo el devenir en movimiento". Y "El hábito es por lo tanto un acto restituído en su novedad; las consecuencias y el desarrollo de ese acto quedan a merced de hábitos subalternos, sin duda menos ricos, pero que también gastan su energía propia obedeciendo a los actos primarios que los dominan". Rescata también la proposición roupneliana: "La energía no es sino una gran memoria" y explica que la energía solo puede se utilizada por la memoria: la memoria de un ritmo." Bachelard toma de Butler su observación de que la memoria está afectada por fuerzas de naturaleza opuesta: "la de la novedad y la de la rutina, por los incidentes y los objetos que son para nosotros o los más familiares o los menos familiares". Y afirma sin embargo que "frente a esas dos fuerzas el ser reacciona más bien sintéticamente que dialécticamente, así definiríamos al hábito como una asimilación rutinaria de una novedad".

No es dificil que el lector encuentre cada uno de estos aspectos del hábito en sus propias experiencias, las someta o no al equivalente cultural de un laboratorio de ciencias naturales.

 

Tiempo y dinero

 

Habíamos llegado a convenir la solidaridad del presente con el pasado, en el marco de la inminencia de un futuro inmediato y ahora podemos llamar a éste fragmento de vida urbana una figura estable bajo el devenir en movimiento. El concepto de "figura estable" me remite a dos conceptos en cuya forma se plasman y cuya presencia e interrelación son destino obligado en la sociedad moderna en la que vivimos: el tiempo y el dinero. Como puede advertirse, poca es la poesía que signa nuestra vida si todo puede reducirse a tiempo y dinero.

 

El empujón impersonal

 

La figura estable del esquema fines medios nos remitió a otras dos figuras estables de la sociedad moderna: tiempo y dinero. Empecemos por imaginar sus apariciones en el recuerdo de algún viaje en subte. He aquí el episodio de la serie de acontecimientos que en cada una de nuestras vidas forman un todo más o menos coherente y significativo.

Miramos la hora en el reloj, nos sentimos afligidos o conformes según el número que marque él círculo de nuestro o reloj -todos estamos hartos en mayor o menos grado de mirar el relojito-; caminamos hacia la boca del subte; bajamos la escalera, vamos hacia la boletería, sumamos un cuerpo y un número a la fila conocida por todos como "cola" vaya a saber de qué animal, pronunciamos la frase clave de una de nuestras necesidades económico-sociales de la jornada, "uno" o "dos" viajes o "una ristra" -para los que cuentan con más que las monedas indispensables, acompañada o no de unas palabras corteses a la cara de piedra que atiende tal vez a la persona-número 788 del día tales como "por favor", "gracias", aditivos morales aparentemente necesarios para menguar -distorsionando- la razón técnica que ordena cada acto de intercambio. Sin embargo, el acompañamiento de estas frases amables, por su repetición, también se transforme en una técnica, no menos sospechada de habitualidad. Esto pensé, esta vez en un colectivo, mientras saludaba en un alegre "Hola" al conductor, cariñosamente llamado "colectivero". Un sociólogo socialista senil podría decir, luego de tomarse una grapa, bebida popular si las hay, "El colectivero, aquel pobre hombre creador de un colectivo social que intenta juntar gente para su ignoto proyecto utópico y cada vez que detiene su armatoste móvil para unir a algunos más se le escapa alguno por la puerta de atrás". Pensaba entonces, en mi ingenuidad al creer que saludando al colectivero con un hola enfermo de alegría inusitada podría sustraer al pobre tipo del ritmo rutinario de toques de timbre, paradas, boletos y así recursivamente, en un looping perfecto. Para nada, del hecho de que todos aportaran su cuota de subjetividad saludando amablemente al colectivero, no podía menos que derivarse una instancia más de repetición.

Ya estamos en la estación, que tiene el nombre de prócer o de evento patriótico, aunque no nos importa en lo más mínimo, nuestro propósito en esa estación es la de que coincida con la ubicación en que pretendemos estar y no existe otro interés excepto dejar de estar allí, irse por fin. Pasamos el molinete, de la misma manera que lo pasan el resto de los humanos (con suerte se nos quede enganchada la cartera, y ahí nuestra individualidad quedará expresada bajo la forma del ridículo), hicimos lo debido. Ya estamos en el andén. Nos miramos las caras, los gestos faciales y corporales, empezamos a advertir diferencias. Están los que caminan de un lado para el otro, los que se sientan en el banco, los que se quedan parados como estatuas, los que te miran con cara de "No te estoy mirando", me refiero a esas miradas sin intención, que ni si quiera se acercan a un mínimo "reparo en tu existencia", los que se acercan a la guarda amarilla de precaución, a estos podríamos llamarlos de dos formas: "los audaces" o "los que ganan tiempo" y se adelantan a los otros, en lenguaje darwinista social serían los más aptos en la lucha por la supervivencia. A estos siempre les gana alguien no tan evidente, más sutil y más ágil. Cada tanto hundimos la mirada en el túnel intentando avisorar la llegada del tren. espejo Ahí esta, toca su sirena, viene frenando, "¿Viene a buscarme a mí? No, viene a buscar a los pasajeros y a dejar otros. "¿Habrá lugar para mí?" No. "¿Qué te hace creer tan importante?" Preocúpate por poder entrar. En un rozamiento de cuerpos no deseado lográs ingresar al tren. Estás aprisionado. Te empujan, pero es un empujón impersonal, aún cuando la persona que te empujó tenga nombre y apellido y un rostro único e irrepetible.

Como ya estuve dialogando con mi interlocutor interno: "la razón objetiva", trato de generar complicidad, para entrar en confianza, y le digo: "Decime si no es un momento divertido para una pregunta existencial del tipo "¿Quién soy?". Pero la guacha es implacable (guacha sí, huérfana, porque sabemos que no es posible situar en tiempo y espacio preciso el origen de ningún proceso histórico) "¿Qué quién sos?, sos una persona como todas las demás, "sí, y para colmo de incomodidades en el mismo lugar y a la misma hora". "Y estás llegando tarde". "Y quedate quietita, no hay nada que puedas hacer" Logro acallar mis pensamientos, y trato de que con los míos se vayan los suyos. En eso escucho su voz: "¿Querías leer?" "Ja, já, no hay lugar para privacidades". "Contentate con leer el diario del viejo de al lado" Alcancé a leer un titular "Aumentaría el subte", decía, asfixiada como estaba eso no podía interesarme, me cortaría el último hilo de respiración. Torcí el cuello y atisbé a ver otro texto: "La Suprema corte de Justicia estaría en tratativas para desafuerar a los senadores implicados en la coima por la aprobación de la ley de flex" Simpre lo mismo, "Estaría en tratativas" siempre que se trata de política nunca un infinitivo, a ver, a ver que dice por allá, dio vuelta la página, ¡bien! ...ya me miró mal. Me siento solidarizada materialmente con los demás, no hay a límites que nos separen en sentido estricto, si alguien trazara una única línea que disocie la materia orgánica de la inorgánica, quedaría claro que formamos un solo cuerpo. "Será el cuerpo social, que le dicen", se burlaba, y yo que creía que no estaba escuchando.

Ay, ay, ay, "¡Facultad de Medicina!" -dice la socióloga- a ver como hago para salir de este encastramiento de piezas humanas. "Permiso..., permiso..." Uff, ya estoy, ¿qué hora es? ¿Traje plata para volver...? "Hola qué tal". Si, te conozco.

La escalera mecánica, el molinete, la escalera y ¡La calle, aire, luz y estoy llegando a tiempo!". "Qué rápido que es el subte", pensé en dulce ironía, y sonreí.

El sentido de la acción

 

Anteriormente a esta digresión-relato habíamos arribado a dos figuras emblemáticas de la vida en las sociedades modernas: el dinero y el tiempo. ¿Pero qué pueden representar estas dos figuras solas y su interconexíon? Nada. Ambas cobran sentido en su relación con la racionalidad. Por lo tanto la tercera figura indispensable es el entendimiento.

El carácter de la vida anímica urbana es intelectualista, pero no en el sentido cuestionador, crítico, sino en el adaptativo. "El entendimiento es, de nuestras fuerzas interiores la más capaz de adaptación" Es por ello que se crean sentimientos conservadores de la racionalidad que, mediante la capacidad de discerniminento del sujeto, desarrollada por el proceso histórico de socialización propio de su época, la racionalidad se multiplica a medida que el sujeto va entrando en contacto con distintos ámbitos sociales de sentido, y se van creando en la organización psíquica racionalidades típicas de las que la adaptada al proceso de "viajar en subte" es solo una de ellas.

Sucede también que los sujetos tratan simultáneamente y en un mismo plano con personas y cosas (Durkheim). El apremio social hace que el tratamiento con los hombres y con las cosas se equipare en un mismo tiempo, espacio, significado y dirección. La unificación de lo objetivo y lo subjetivo, o para ser exactos de lo más probable y de lo menos probable, de lo exterior y de lo interior -en cuanto a lo previo existente y lo volitivo, en un esquema racional de acción, imprime a las acciones un carácter doble en su procedencia, puesto que las acciones sociales 1) proceden de procesos históricos anteriores lógica y cronológicamente, fijados en clases típicas de acción y toma de decisión, 2) son actualizadas por los sujetos desde su creencia de que en ultima instancia lo decisivo en su accionar es el carácter subjetivo, personal, que los mueve a actuar. Ya que, aún reconociendo el parangón de su accionar con el de sus conciudadanos -y aceptando más o menos reflexivamente- la existencia de formas típicas de acción y toma de decisión, tal como éste lo percibe lo único que prácticamente da sentido a su acción es su interés, sostenido a su vez por su intención.

El sujeto entiende "su" acción desde "su" interés, y lo objetivo y general que contempla paralelamente a la toma de decisión no es vivenciado por él como un a priori con facultades determinantes sino que es simplemente utilizado para su justificación técnica y legitimación moral.

Son dos los aspectos que dan razón de este fenómeno: el primero es que los sujetos fuerzan la inclusión de los factores sociales objetivos a ingresar y organizarse en su esfera de vida individual o biografía. Y el segundo, es la conciencia a-histórica que los sujetos tienen del plano de objetividad que los rodea.

 

Biografía y señal

 

Veamos ahora esto mismo en la ruta señalizada que es la del subterráneo tomado en general. Es preciso hacer una distinción entre las señales del andén -a las que atiende el sujeto- y las señales de las vías a las que atiende el maquinista o conductor del tren. La línea subterránea es una ruta señalizada. La señal es una marca que se pone a una cosa para distinguirla de otras. En este caso las señales están dispuestas en puntos de un camino. Estos puntos que son las estaciones guardan un tipo de relación especial entre sí. Una relación de continuidad espacial, y temporal si se tiene en cuenta al tren, que mediante su movimiento va anulando progresivamente la distancia espacial y generando una relación espacio-tiempo. Esta relación es muy tenida en cuenta por los sujetos a la hora de optar por viajar en tren subterráneo. Las cuentas que ellos sacan tienen base en cada uno de los primeros viajes diferenciales entre si según el trayecto de que se trate y funcionan como modelo que es comparado por los modelos inferidos de viajar en otros medios de transporte como el taxi, el automóvil, el colectivo, y el viaje a pie. Modelos que aplican a fragmentos de su vida, luego de operaciones y mediciones que no son las de los físicos, los topólogos y los agrimensores no porque no se aproximen a la exactitud sino porque en los cálculos intervienen factores cualitativos que complejizan la fórmula de decisión entre modelos de acción.

Además, cuando relacionan al objeto "viaje en subte" con el sujeto, ese sujeto es su propia persona, que pasa a ser sujeto de la decisión e inmediatamente después de que la decisión fue tomada el sujeto se convierte en objeto. Esto significa que ellos hacen con su persona como con un objeto. Lo conducen hacia la boca del subte, lo ordenan en una fila, lo hacen gastar dinero, calcular el vuelto, formular frases técnico-sociales como "una por favor", etc. Sin dejar por ello de ser sujetos, puesto que ellos son los que deciden y en verdad efectúan cada una de estas acciones. El carácter dialéctico se expresa en el diálogo interno que el sujeto mantiene consigo mismo y con los objetos una vez que ha incluído el objeto externo pensado "viaje en subte" en su biografía. El objeto "viaje en subte", a su vez, actúa sobre el sujeto ni bien él se ha sometido a su lógica, imponiéndole los parámetros de su legalidad específica, marcada por signos y señales que organizan las trayectorias espacio-temporales.

La racionalidad es la de un devenir controlado. Las señalizaciones regulan su marcha, y establecen una secuencia, una sucesión o serie ordenada de cosas que están relacionadas sin que se den las operaciones constitutivas de la acción de forma simultánea.

Las señales son placas que tomadas en si -en la relación unilateral del sujeto con este objeto-, constituyen un signo puro y que como anuncios en las vías de comunicación, prolongan su sentido en su relación con otros signos. Su sentido es de ubicación. Al comunicarse entre sí los signos adquieren la forma de indicios y se crea por su interrelación lógica y espacial una solidaridad entre los instantes del tiempo unificándose las dimensiones espacial y temporal, indirectamente, es decir desde la intelección subjetiva y objetivante que realiza el sujeto de lo que arquitectónicamente está dispuesto.

El flujo interno de conciencia liga signos con instantes formando un eje que cruza tres dimensiones, la espacial, la temporal y la subjetiva. Este eje es convertido en un punto que por una decisión previa sobre la decisión que se va a seguir, es conectado con otros puntos, otros signos-instantes, que son reunidos en un todo coherente y significativo: el "viaje en subte", en el contexto más amplio de la trayectoria vital del sujeto.

Ahora bien, en este contexto, el uso social del subte es un hábito, una acción eficaz sobre la voluntad del sujeto, un automatismo, porque si bien la intelección de los procedimientos que el sujeto realiza en el "viaje en subte" pudo haber sido de lectura dificil, es cierto que es una acción que solemos realizar automáticamente. Lo cual la hace aparecer como algo "práctico" sin necesidad de procesos de inteleclualización y decisión. Cómo algo sencillo (y sencillo significa que no consta de partes). Viajar en subte aparece como algo fácil que prácticamente "se hace solo".

¿Por qué sucede esto? Porque al constituirse en hábito (viajar en subte no es un hábito per se , piénsese por ejemplo en lo que puede significar viajar en subte para una persona que vive en el campo, y que tiene la experiencia de viajar en subte por primera vez en su segundo viaje a la ciudad. Efectivamente se trataría en ese caso de una experiencia del orden de lo vivencial y no de lo habitual) se transforma no en una acción eficiente de la voluntad del sujeto sino en una acción eficaz sobre la voluntad del sujeto. Y adquiere así otro sentido, el de una ceremonia diaria, en la que parece haber una armonía preestablecida. Armonía que se refiere a la cosificación de una formación social -el tren subterráneo y la arquitectura en la que está inserto- y al hábito de su utilización.

Del hábito solo es plausible ser pensada su función y su persistencia, fuera de él. Es decir no cuando se están realizando los procedimientos típicos requeridos del viaje en subte, sino una vez que él viaje en subte se ha convertido en objeto de reflexión. Que es lo que ocurre en este caso, a los fines de una investigación empírica y teórica, se ha pensado en el significado sociológico de la acción social que por comodidad doy en llamar "viajar en subte", pero nadie, ni siquiera los sociólogos, pueden simultáneamente viajar en subte y pensar en viajar en subte. Este ensayo no lo escribí mientras viajaba en subte aunque si, al hacerlo, haya dispuesto mi percepción de un modo no convencional. Lo que cambia en cada uno de los casos es la episteme.

Lo que sigue es la explicación de ésta imposibilidad mediante la conceptualización y comprensión del viajar en subte como una ceremonia urbana habitual.

 

El deseo

 

Volvamos a imaginar un "viaje en subte" pensemos en la ruta señalizada y en razón de qué podría explicarse el movimiento de los sujetos. Se trata de planos mentales sobre planos físicos y de la relación de una escasa autonomía subjetiva ante una estructura objetiva dada. Los signos-señales "adquieren su mayor intensidad cuando solo requieren de la observancia pura. Cuando llevan al punto más elevado, como las reglas de un juego, la arbitrariedad y la discriminación. No la diferencia que siempre posee un sentido sino la discriminación , que es la forma auténticamente rigurosa del marcaje, y el equivalente de la predestinación en el tiempo, lo que siempre está allí antes de haber llegado, lo que adquiere fuerza de signo antes de tener sentido (por consiguiente absolutamente arbitrario), lo que se impone como fin antes de ser justificado (por consiguiente perfectamente injusto)" .

Si cito a Baudrillard es porque su análisis, enmarcado en el género ensayístico, expresa, a mi juicio, la percepción que tiene el sujeto, percepción que no es formulable mientras se tiene la vivencia de viajar en subte o cualquiera que le sea análoga y que solo es posible ordenarla con motivo de una reflexión posterior. Se sitúa además en un registro subjetivo objetivante: el de un sujeto dador de sentido que se siente perturbado ante la objetividad inperturbable de la estructura social. Su palabra es la de la conjuración, la del exhorcismo.

Si bien aquél discurso es fuertemente analítico, muestra una subjetividad (la del autor en cuestión) conminada a la adaptación no creativa y denota gravedad emotiva, adquiere la forma de vindicación de la subjetividad, negándola en la realidad externa, la afirma en el ámbito de la imaginación de un aparato deseante, una actitud vanguardista, su voz es la de un acto estético político y roza el género de la ciencia ficción. De otra manera, es una afirmación de la subjetividad que se advierte en su negación objetiva. La crítica es deseante, pero hondamente realista. Realiza, lo que niega el deseo. No puede advertirse cuál es el deseo, que forma social tendría, justamente porque demuestra que el deseo esta apretado con cerrojos, minimizado, controlado, o simplemente eclipsado por la vehemencia de la objetividad maquínica (Deleuze) del subterráneo, objetividad que pide ser reconocida y que cobra vida (pensemos en la boca del subte que engulle y escupe gente); y vehemencia también de los sujetos (quiero llegar a esta parte y hacen lo propio), aunque esta vehemencia no es de la apropiación subjetiva que ellos pudieran llegar a hacer, sino de su obediencia sin más una vez que la inmanencia del objeto viaje en subte ha capturado el deseo del urbanita: esto es lo que significa máquina del deseo. Por eso habla de injusticia. Es la injusticia de la seducción, o como dice Lacan con otro propósito, "el éxito de un malentendido" entre la subjetividad y la objetividad, entre el individuo y la sociedad. Dos culturas atadas con nudos formando el lazo social.

Según Jean Baudrillard los signos puros son coyunturas sobre las que, a través de un proceso regulado, se produce el vencimiento del mundo.

Dice: "...sobre el evento del signo ceremonial, aunque sea el de la catástrofe (cotidiana)"., aquí podemos pensar en el caso en que el signo nos ponga en conocimiento, o más precisamente nos ponga sobre aviso de que nos hemos equivocado, el estupor "será siempre más grandioso que el desenvolvimiento causal". El proceso objetivo "nos roba nuestra libertad" y nos introduce en un ciclo de la predestinación...que..."tiene mayores posibilidades de seducirnos que el de una libertad y una responsabilidad que también, de todos modos, carecen de fundamento: en lugar de entregarnos a la comicidad de una libertad enfrentada con su propio fundamento, nos dedicamos más bien a la tragicidad de la pura arbitrariedad".

Baudrillard contesta de modo peculiar a mi inquietud sobre los nudos atados entre la cultura subjetiva y la cultura objetiva: "cada uno de nosotros prefiere secretamente un orden arbitrario y cruel que no le deja elección, a las angustias de un orden liberal en el está obligado a reconocer que no sabe lo que quiere: pues en el primer caso está entregado a la determinación máxima, y en el segundo a la indiferencia. Cada uno de nosotros prefiere secretamente un orden tan riguroso y un desenvolvimiento tan arbitrario que el menor desarreglo hace desmoronarse el conjunto*, la trayectoria dialéctica de la razón en la que una lógica final domina todos los accidentes del lenguaje." Los signos puros en su carácter de señales adquieren la forma de accidentes del lenguaje, de marcas arbitrarias, que por estar en un contexto reducido tienen la capacidad de expresar, paradigmáticamente, la arbitrariedad del lenguaje social en el que habitamos los sujetos al vivir en sociedad.

 

* ¡Ring!

 

A este respecto recuerdo una oportunidad en la que viajando en subte en la línea b , se oye inesperadamente una voz por un altoparlante, avisando que el tren sólo iba a llegar hasta la estación Callao. Las personas estaban tan quietas como antes, mantenían la misma impostura. La fractura del orden del esquema racional, típico en términos generales y habitual en la particularidad del devenir social de cada sujeto, los había tomado de improviso y como estaban preparados para moverse dentro de ese esquema, no se inmutaron. No tomaron ninguna decisión ni hicieron ningún gesto. Daban la apariencia de autómatas, seres programados incapaces de advertir cambios externos y reaccionar contra ellos. Sucedió que el tren se detenía como de costumbre en cada estación, pero más tiempo de lo usual, aproximadamente cinco minutos, nadie parecía percibirlo. Y yo pensé con tristeza en la ausencia de esos sujetos que mostraban espléndidamente ser puros objetos inanimados. La voz institucional de la empresa Metrovías , no había avisado que iba a demorarse en cada estación, así como tampoco había alegado ninguna razón, ni ninguna disculpa. Me enfurecí. Luego de hacer un paneo por la gente, mi mirada se detuvo en el timbre de emergencias. Era rojo y era una alarma que estaba lista para gritar la ruptura del lazo social entre la empresa y los usuarios, que más que usuarios parecían usados, usados como combustible de una gran máquina. En principio quedé absorbida por una serie ininterrumpida de tribulaciones intelectuales que se tornaban en elipse, como un perro mordiénsose la cola. "Si la ceremonia es sinónimo de lentitud, es porque pertenece al orden de la predestinación y del desarrollo regulado. La precipitación al igual que el sacrificio, sería sacrílega. Hay que dejar a la regla el tiempo de intervenir y a los gestos el tiempo de realizarse. Hay que dejar al tiempo el tiempo de desaparecer" dice Baudrillard en Las estrategias fatales. Finalmente me levanté, me acerqué a la caja roja, estaba impecable y reluciente, rompí el vidrio, y toque el timbre, cuando comenzó a sonar, lo hacía estridentemente: sentí alivio y miedo. Alivio porque clarificaba, objetivaba, ponía sobre aviso -esta vez a la inversa- que estábamos vivos, que teníamos voluntad; y miedo porque el agudo grito mecánico del timbre transmitía peligro; y por último desconcierto emocional y confusión mental, porque no alcanzaba a discernir, "peligro para quién", si para la empresa o para mí.

No van a creerme pero los primeros treinta segundos la gente seguía sin reaccionar, suspensión del juicio, actitud natural. Un complejo de sentimientos históricamente determinado, pero desigualmente distribuído se apoderó de mí: sentí odio, pena, pureza ética, mugre moral. ¿Qué pasó? Nadie reaccionó hasta que apareció el guardia y preguntó "¿Quién fue?" -como en el colegio- la institución impartía su lógica individualista para expoliar del grupo social al emisario catártico, que para mi meditada desgracia, no era sino yo. La previsión sociológica en cuanto a las raíces del delito no solucionaba nada, asi que -parádojicamente, esperé. El sentido estaba diferido. Una corriente social me salvó, no era yo la delincuente sino el juez. Todos contestaron a una sola voz "Fuimos nosotros". El guardia intentó defender a la empresa, lo hacía con sus palabras que parecían versos aprendidos de memoria, pero su gestualidad denotaba que se hallaba más cerca de nosotros que de la empresa que representaba o mejor dicho, a la que le ponía la cara. El guarda era un híbrido que hacía falta sacarse de encima. Se lo alejó en una secuencia de comentarios que actualizaban el orden resquebrajado. Todos sabíamos que el mequetrefe no iba a solucionar nada. Antes de irse dijo tímorato: No vuelvan a tocar el timbre. Esperamos. La situación era la misma, seguíamos detenidos en la estación Angel Gallardo. La gente no se bajaba del tren. Se sostenía en la promesa de que íbamos a llegar a Callao y respondía a la demora absurda o caprichosa por no haber sido racionalizada, mirándome con amor, diciendo su santo sí a que continuara tocando la alarma. Lo hice. Y saltó todo lo que estaba adormecido, todos se levantaron formando pequeños grupos y comenzaron a hablar de política, esto en plena era menemista en la Argentina. Había regularidad en los discursos, similitud en las quejas contra las privatiizaciones, contra la falta de independencia del poder judicial respecto del ejecutivo. Y miríadas de planteos se hacían a viva voce . Había resurgido con una fuerza estremecedora la socialidad, la voluntad. El deseo había salido a la superficie bajo la forma de manfestación política accidental y espontánea en una empresa. Este hecho develaba el compromiso existente entre la cúpula empresarial y el Estado argentino durante el gobierno del presidente Menem.

La racionalidad teleológica inhibe el nudo de conflictos sociales cristalizados -es decir fijos y transparentes, por ello invisibles- como las normas que impiden su resolución hasta que, cuando ésta se quiebra por un accidente imprevisto, estalla en múltiples esquirlas.

Sin embargo, no hay por qué sentir esperanzas, el estallido se autoabsorbe, solo es una de las apariciones de un ciclo social de doble faz, su faz positiva, fáctica y su faz negativa, crítica. Anverso y reverso de lo social.

Desde su aparición las Ciencias Sociales -y en especial la Sociología- han oscilado entre la profesión de discursos e investigaciones legitimadores y estabilizadores, y la de discursos e investigaciones cuestionadores, desacralizadores. En las ciencias sociales, la relación de las tradiciones intelectuales con los procesos económico-sociales, y con la génesis y funcionamiento de las instituciones, pone en tensión al conocimiento con las dos fuerzas básicas en juego en las formaciones sociales: la tradición, conservación e inercia y la innovación, revolución cognoscitiva y política. Quedándose en una u otra posición obviando y eludiendo la otra, negándola o manteniendo una relación de ambigüedad con ambas. Está tensión del conocimiento de las ciencias sociales y aún de las ciencias "naturales", da al estudio y la investigación un carácter dramático.

Vuelvo a citar a Baudrillard: "Es indudable que sentimos el deseo profundo de desviar el destino, de alterar la ceremonia, así como de violentar todo tipo de orden: pero esa misma violencia está entonces predestinada, adquiere su propio relieve del orden ceremonial, no es una violencia informal, crea una peripecia dramatúrgica." Baudrillard recuerda una escena de la Puerta del infierno en la que, con motivo de una prolongada secuencias de la ceremonia del té, que se desarrolla en silencio, uno de los caballeros se levanta bruscamente y derrama una taza: todos los conflictos secretos afloran en este único signo, cuya violencia no es precisamente externa a la regla -parece que sea la misma tensión vinculada al ceremonial lo que produce esa súbita efracción como un efecto necesario. Se trata, como hemos visto de la "reversibilidad de la regla", y no la de la "transgresión de la ley". Existe una violencia en el desenvolvimiento de la ceremonia, pero esa violencia no es contra lo social, ni de lo social contra lo antisocial sino que el la violencia de lo social en cuanto a la dominación, dominación de un sentido arbitrario contra los cuerpos y se da porque habitamos en el lenguaje, el lenguaje no es mero instrumento de algo que no poseería lenguaje ni lógica sino otra cosa anterior y extraña, sino que habitamos en el lenguaje y este lenguaje es un lenguaje social, complejo, conflictivo, aunque múltiplemente ordenado e interrelacionado, pleno de sentido y a la vez sin sentido -en cuanto se descubre su arbitrariedad y quedan en suspenso las justificaciones técnicas y las legitimaciones morales. "La ceremonia tiene el presentimiento de su desenvolvimiento y de su final. No tiene espectadores. En todas partes donde hay un espectáculo, la ceremonia cesa, porque el espectáculo también es una violencia a la representación. El espacio en que se mueve no es una escena, una ilusión escénica: es un lugar de inmanencia y de desenvolvimiento de la regla. Pensemos... en la operación del juego (de cartas, de ajedrez, de azar): nada hay menos teatral que la pasión del juego, toda la intensidad está replegada hacia el interior, hacia la operación interna de la regla, a diferencia del escenario y el espectáculo que están abiertos a la mirada". Así, cesó la ceremonia del viaje en subte, y comenzó el espectáculo, la contracara del discurso político televisivo. Un acto estético-político. "La menor intrusión escénica de la mirada hace caer la ceremonia en la estética, que precisamente por ello se convierte en la fuente de un placer, pero la ceremonia no pertenece al orden del placer sino de la fuerza, y esta le viene de la inmanencia, en cada uno de sus signos y de sus actores, de su desenvolvimiento, y no de la trascendencia del juicio estético". Un acontecimiento de la misma índole tuvo lugar cuando volviendo de mi trabajo, me detuve frente a la propaganda de la nueva tarjeta de Metrovías, enseguida ví las máquinas y dos hombres de muy distinta condición de clase apoyados en ellas, conversando. Uno de ellos tenía un marcado acento francés. Me acerqué y les pregunté cuál iba a ser el beneficio de la nueva tarjeta, si como decía en el aviso iba a valer un solo viaje o si iba a poder adquirirse un abono por varios viajes con un descuento. Al principio va a valer un solo viaje, en el verano, en Febrero comenzarían a venderla por varios viajes y no iba a haber descuento alguno. Indagué hasta que por fin dí con el sentido. No se trataba de ningún beneficio para el usuario -efecto de sentido que usualmente quieren provocar las empresas en su propaganda, sino que era para beneficio de la empresa, el sistema digital, permitía la contabilización rápida y automática de la cantidad de pasajeros - que se traducía por una operación fácil en la cantidad de dinero- que ingresaban en cada estación, controlando también el tiempo, las frecuencias y los horarios, por la existencia de un reloj. Se trataba según confesó sonriente el francés, de un estudio de mercado que redundaba en un beneficio para la empresa. Al final de la conversación quedó manifiesto ex profeso que los ciudadanos o consumidores no tenían en realidad de qué alegrarse. El diálogo descubre lo oculto -invest mercado que no estaba presente en la propaganda de la tarjeta y menos aún en la del minotopo.

Ellos, pensé, confían en que uno tratará de escuchar el latido del corazón del minotopo mientras teniéndonos aletargados en la fantasía mítica se ocupaban de mejorar su rentabilidad.

Quiero decir a los aquí presentes que he intentado establecer relaciones entre el mito del "Minotauro" y el del "Minotopo", aunque en principio no tienen francamente nada que ver existen algunas relaciones posibles por semejanza -lo laberíntico del arquitectura subterránea, y diferencia en que en el caso del mito del "Minotopo" no se advierte de que venganza se trata, ni quién es el rey Minos, y en la vuelta a la dimensión de realidad cuando el filme cierra con don bohemio tocando la guitarra en el tren subterráneo. El final nos devuelve a la realidad la exacerbación de la regla de la que solo siendo un sesensista trasnochado o un loco. Recuerdo el pensamiento que tuve al leer el Elogio de la locura Erasmo de Rotterdam, el elogio de la locura era en verdad el elogio de la idiotez. Por qué en la época renacentista la locura era la idiotez, idiotez que hoy tiene parangón en la actitud natural de suspensión del juicio de la que habla Schultz, en el sentido común al que pone en su lugar nuestro caro Durkheim, y en la ideología que con su método dialéctico conjura Karl Marx; y hoy, ser crítico e inteligente es estar un poco loco, es una pregunta que no respondemos pero a la cual abrimos paso. Refiriéndose a la las Leyes de Manú, libro iv Jean Baudrillard dice:

"El lenguaje es inmanente, al igual que el rito: dicta reglas, sin mezcla alguna de dialéctica o de psicología. Ni siquiera remite a los mitos justificativos o alusivos. Dice lo que hay que hacer, punto y basta. No es un sistema de valores o de interpretación: es un sistema de reglas". Pero no se trata solo de inmanencia sino de mecanicismo. La exacerbación de la regla en el marco de la racionalidad que prefigura y exige la arquitectura social del subte, compele a los sujetos a adoptar lo más rigurosamente posible el comportamiento de una máquina. De todos modos, el individuo moderno, como anota Simmel, se resiste a ser nivelado en un mecanismo técnico-social.

 

NOTAS

* Gastón Bachelard, La intuición del instante , Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires, 1980.

1 Georg Simmel, El individuo y la libertad , p. 252

2 Gastón Bachelard enseña que el hábito toma su fuerza presente de esfuerzos pasados y se refuerza tanto durando como repitiéndose.

3 Jean Baudrillard, Las estrategias fatales , editorial Anagrama, 1985

4 Georg Simmel, Las grandes urbes y la vida del espíritu , p. 247. En: "El individuo y la libertad ". Este libro no fue editado por el autor de los ensayos que el mismo integra. Sino que resulta de una compilación de varios de sus ensayos, de los cuales, ninguno lleva ese título. A este último respecto -el de la relación entre el individuo y la sociedad en las distintas corrientes histórico sociales, leáse el capítulo citado.



Carolina Livingston, “Viaje en subte: fragmento de vida urbana”, Fractal nº 33, abril-julio, 2004, año IX, volumen IX, pp. 109-134.