ANGELO D' ORSI

La cultura en Turín entre
las dos guerras*

 

Ludovico Geymonat, Norberto Bobbio, los hermanos Galante Garrone, Leone Ginzburg, Massimo Mila, Cesare Pavese, Mario Gromo, Giulio Carlo Argan, Mario Fubini, Mario Soldati, Carlo Dionisotti, Arnaldo Momigliano, Natalino Sapegno, Aldo Garosci y otros protagonistas de la cultura de Turín salieron a la escena intelectual a fines de los años veinte y principios de los treinta. Si ya se habían graduado y formado en esa época, continuarán su Bildung a lo largo de la década e incluso después. Algunos, por caminos diferentes, se alejarán de la ciudad ya sea por elección o por necesidad (una necesidad que en ciertos casos adquiere el rostro del confinamiento o el de la cárcel); todos optarán por carreras intelectuales, académicas o casi académicas, renunciando a cualquier cargo civil dentro del mundo fascista o fuera de él, ya sea por desprecio a los cargos, ya por un auténtico aunque velado disentimiento político, ya por una innegable pasión cultural.

En esta generación "gobettiana" hay que incluir a Giulio Einaudi. Tercer hijo de Luigi Einaudi, Giulio nace en 1912, y es más joven que Pavese (1908), Ginzburg (1909), Bobbio (1909) y Mila (1910). Todos asisten al liceo D'Azeglio como alumnos (en mayor o menor medida) regulares (en la clase "B"), y son discípulos del extraordinario educador que responde al nombre de Augusto Monti.(1) Para este profesor de liceo, nacido en la Langa astigiana en 1881, que había regresado a su entrañable Piamonte ­región en la que se siente arraigadísimo­(2) después de una larga peregrinación por Italia, organizador del movimiento de ex combatientes luego de haber pasado casi toda la [Primera] guerra en una prisión de Austria, resultarán decisivos los encuentros con Gaetano Salvemini (y también con Giuseppe Prezzolini y Lombardo Radice) antes del conflicto mundial, así como los que mantendrá con Piero Gobetti en la posguerra.

Luego de haber colaborado en La Voce, en Nuovi Doveri, en L'Unità, además de Il Corriere della Sera y en su Torino falsa magra, a la que finalmente ha vuelto ("toda mi vida [ ...] fue un regresar a Turín"), conoce al fundador de Energie Nove, quien todavía no ha encauzado la revista La Rivoluzione Liberale, en cuyas páginas Monti será una firma asidua. Después de la muerte de Gobetti, Monti será justamente el guía de la patrulla gobettiana, ahora huérfana. Al igual que Umberto Cosmo y sus amigos más jóvenes, en 1929 envía un mensaje de felicitación a Benedetto Croce por su intervención en el senado contra el Concordato. Su antifascismo, sustancialmente de estilo moralista, comienza a adquirir un nuevo espesor. Ese mismo año nace en París el movimiento Giustizia e Libertà. Monti, que se había jubilado (con justificante médico) para evitar el juramento [fascista] impuesto en 1932, tendrá una colaboración aislada en Quaderni di Giustizia e Libertà, formando parte del ala izquierda que encabeza Emilio Lussu, para quien la verdadera resistencia al fascismo sólo podía encontrarse en la clase obrera.

También en 1929, aparece en la editorial Ceschina, de Milán, el primer volumen de la trilogía de los Sansôssí, una obra en la que el profesor, ya en aquel momento ensayista y articulista, muestra un genio narrativo de estatura más que local. Es digna de notar la afirmación de Fernando Palazzi: "Los Sansôssí no son una obra maestra, pero podrían llegar a serlo", clara invitación al autor a realizar una "posterior y ligera revisión del texto". De una obra maestra habla Luigi Bulferetti explícitamente; mientras que Giustino Fortunato descubre en el texto "originalidad y belleza", también "idealismo". Por último, Dino Provenzal lo define como "un libro singularísimo, único". Inscrito en la restringida lista de "escritores que rechazan la escritura como profesión" (con Burzio y Cajumi), y que terminan por encarnar lo mejor de la literatura turinesa del periodo entre las dos guerras, Monti logra "una interpenetración continua entre la vida pública y la vida privada, la Historia que se concreta refractándose en la experiencia de lo singular". Es particularmente significativa la afirmación del propio Monti en una carta a Prezzolini, en la que le anuncia el envío por parte del editor de Ceschina de los tres volúmenes aparecidos ­respectivamente­ en 1929, 1934 y 1935: "Es un libro tuyo" y, a modo de justificación, evoca una encuesta de 1914 en La Voce, en la que él mismo participó. Ya en la posguerra, invitado por la editorial Einaudi a redactar el texto de un comunicado de prensa para presentar la nueva edición en un volumen único, Monti escribe con eficacia :

Aquí tenemos, recompuesta, aquella "crónica familiar" en la que Monti trabajó durante más de treinta años, desde los primeros capítulos que leía en voz alta a sus alumnos predilectos, hasta los últimos. [ ...] Sus protagonistas son Papá, el "sans souci", despreocupado, genial, rico en ilusiones, y Carlin, el hijo que, contra toda esperanza, resultó completamente diferente y huraño. Para dar cuerpo y fantasía a este diálogo nunca concluido entre dos concepciones, se evocan recuerdos familiares y regionales que se extienden a 1848 y, más atrás aún, que se remontan hasta Napoleón y la revolución francesa. Todo ello resulta en un siglo de historia piamontesa, italiana y europea: cien años de historia poética, legendaria y real de nuestro Risorgimento.

Alessandro Galante Garrone, otro piamontés aunque de la siguiente generación, se ocupará del Risorgimento como historiador y mostrará cómo aquella crónica familiar, poética y autobiográfica, que recorre la revolución francesa y el Risorgimento, es la historia "de los humildes 'que despiertan de un sueño de siglos', de los sentimientos y de las ilusiones de una generación tras otra", la historia de un "viejo Piamonte", imagen de la "firmeza moral de los piamonteses", pero también del Piamonte "que se vuelve Italia", esa Italia mejor a la que Bobbio, su contemporáneo, llamará "civil". Precisamente el joven Bobbio, simpatizante de la confraternidad montiana, se inicia como escritor con una reseña ­la primera que se conoce de él­ sobre los Sansôssí en un periodiquillo de provincia. Y Cesare Pavese, su compañero de liceo y alumno directo de Monti, encontrará en la epopeya de Papá y Carlin innumerables temas para sus propios cuentos y poemas: de la tierra a la errancia, de las fiestas rurales a la relación ciudad-campo. La fascinación que ejerce Monti sobre Pavese es excepcional e incluso superior a la que distingue su relación con los demás alumnos del liceo D'Azeglio o con los otros miembros de la "banda". En el primer verano posterior a la graduación (agosto de 1926), Pavese escribe así a su profesor:

Le manifiesto que lo estimo más que a todos los superintendentes del mundo. Finalmente lo puedo decir sin el mayor temor de que me tomen por un sentimental. No sé qué idea se hará de mi pobre declaración, pero le aseguro que por lo menos la mitad de mis compañeros, aquellos que conozco mejor, comparten un sentimiento idéntico al mío, si no es que mayor.

Una de las razones de la influencia de Monti sobre Pavese (se trata, como revela su correspondencia, de una fascinación recíproca entre maestro y alumno que no escapa, paradójicamente, de un recelo que colinda con la aversión) reside acaso en el hecho de que las clases de Monti se alejan por completo de la política. La materia que imparte es literatura italiana y lo hace "con una severidad soldadesca y el ceño altivo", con lo que apabulla a los alumnos. Sin embargo, aunque no se habla de política ni se pronuncia la palabra "fascismo", se trata de una escuela de antifascismo, así sea "involuntario". Escuela crítica que enseña a pensar, escuchar, leer y juzgar. Otro alumno, Giulio Einaudi, lo recordará así en un testimonio: "Fue Augusto Monti, en el liceo, quien me hizo sentir la diferencia entre la cultura académica y la que yo llamaría vinculada a la vida". Más político (aunque retórico) es el juicio de Gian Carlo Pajetta, el único militante político entre los alumnos de Monti. Comunista desde muy joven, expulsado de todas las escuelas de la región por su actividad, evocará al maestro de la siguiente manera: "No predicó verbo alguno, no fue un propagandista, pero ciertamente preparó [ a sus alumnos] para la rebelión en nombre de una disciplina intelectual y de un rigor moral que de hecho se oponían a lo que el fascismo hubiera querido representar para los jóvenes."

Otro montiano excepcional, Norberto Bobbio, tiene razón cuando escribe con cierto orgullo en una carta dirigida al profesor ya viejo, que del liceo D'Azeglio "salió toda nuestra historia, incluso la mía". Monti, al igual que Solari, es importante por su influencia directa, por su obra seminal como guía: los alumnos acabarán superando al maestro. La "confraternidad" de los alumnos de Monti mantiene una vitalidad propia, que se extiende a veces fuera del círculo de los "dazeglianos" (por ejemplo, Antonicelli ­aun cuando sea un poco mayor y suplente de Monti en la cátedra de literatura italiana­, Argan, Geymonat, Renzo Giua) y va más allá del fin de cursos y del mismo ciclo del liceo. Se encuentran en la ciudad, en un café, en casa de Monti ­donde Mario Saturani, dibujante y pintor, inicia su love story con Luisa, hija del "profe"­, en casa del propio Saturani o en la de su amigo Cesare Pavese, en el campo. Entre Croce y los tímidos rechazos o intentos de "superación" del crocianismo, la cultura, en su acepción más amplia aunque centrada en el mundo de los libros, se convierte en el pan de cada día, donde el nombre de Gobetti, del estudiante que se vuelve maestro, aparece como una fuerza inspiradora, un mito. Sin embargo, al interior del pequeño grupo de jóvenes que entre 1927 y 1933 tienen entre veintidós y veintiocho años, persiste una cierta refractariedad hacia la política. El único entre ellos que realmente parece merecer el atributo de "joven prodigio" es Leone Ginzburg, atributo que incluso rebasará desde muchos puntos de vista.

Nativo de Odessa, Ginzburg llegó a Turín por las vías imponderables del destino. Estudió en el liceo Gioberti antes de pasar al D'Azeglio; se inscribió en leyes, que pronto abandonó por letras. Por su cultura es el más preparado, el más informado; académicamente, es el más capaz del grupo. Su precocidad parece incluso superior a la de Gobetti. Su pasión intelectual, su sed de saber, su deseo de crear muestran la excepcionalidad del genio. Cuando ingresa en la clase de Cosmo en el liceo D'Azeglio, con tan sólo quince años, "no era un muchacho como todos los demás [ ...] : infundía temor e inspiraba respeto", escribirá su compañero Bobbio. Antes de terminar el liceo empieza a colaborar en periódicos y editoriales: experiencia decisiva en la obra futura de un organizador. Europeísmo, apertura intelectual y curiosidad cultural son desde fines de los años veinte los rasgos fundamentales de la personalidad ginzburguiana, que será una de las presencias más vivas de la cultura de Turín hasta la vigilia previa a la caída definitiva del régimen. Junto a intereses que van de la literatura eslava a la francesa y la italiana, de la historia a la filosofía, el espíritu de Ginzburg se abre también a una devoradora pasión política. Y es a la política, movido por el deber ético con el que percibe su propia realidad, que sacrificará la cultura, la carrera intelectual y la vida misma. Esto sucederá varios años después. A principio de los años treinta, una vez alcanzada la meta de graduarse con Ferdinando Neri, y al mismo tiempo que su amigo Pavese, que ya es un joven y extraordinario escritor especialista en literatura norteamericana y en su propia lengua, Ginzburg se dedica a otras ambiciosas empresas culturales.

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Precisamente Neri dirige a partir de 1929 la nueva serie de La Cultura, la revista fundada en 1882 por Ruggero Bonghi, y que pasó primero a manos de Ettore de Ruggero y después a las de Cesare de Lollis. Gracias a este "literato excéntrico" de múltiples intereses, la revista asume "un acento inconfundible". Neri permanece en el cargo sólo un año, y le da una dirección sustancialmente académica, orientada en primer lugar hacia la literatura moderna. Sus sucesores ­una escuadra de estudiosos que provienen de diversas geografías culturales (Cajumi, Pasquali, Praz, Trompeo, Migliorini, Santoli y Gino Scarpa, este último sustituido en 1931 por Titta Rosa)­ transforman la fisonomía de la revista, asumiendo como distintivo un eclecticismo vivaz, una curiosidad que se extiende en las más diversas direcciones y, aunque críptica, una postura vaga de resistencia contra las tendencias de fascistización cultural que se manifiestan cada vez más claramente. La revista se distingue sobre todo por su inteligencia y libra sus propias batallas, dentro de ciertos límites, en nombre de una cultura auténtica que se opone a las seudoculturas de la academia, el mercado y, en el fondo, también a la de partido y a la de la Iglesia: "Importa afirmar el derecho de discutir argumentos de historia cristiana contra la petulancia de los sacerdotes", escribe Adolfo Omodeo a Luigi Salvatorelli. En sus páginas se escenifican polémicas memorables. En primer lugar, la confrontación de Giorgio Pasquali con la revista que, en 1931, dirige Angelo Taccone ­titular de literatura griega en el Ateneo de la ciudad­, denunciando sin cortapisas el carácter de confusión que priva en ella, la cual mezcla, en nombre de una mítica clasicidad, ciencia y divulgación, latinos y egipcios, griegos y humanistas del Renacimiento. Luego están las estocadas contra los intelectuales del régimen como Soffici, Papini y Missiroli. O las críticas mordaces, de preferencia indirectas, a pensadores que están en boga entre los fascistas como Sorel (por parte de Salvatorelli) o Spengler (Luigi Einaudi escribe una ríspida condena al autor del Ocaso de Occidente al pie de una reseña elogiosa de un título de Croce). Los reconocimientos a hombres mal vistos por el fascismo, muertos o vivos, comenzando justamente por Croce, son frecuentes. Cajumi, al reseñar el último libro de Francesco Ruffini, no deja escapar la ocasión para evocar al autor recién desaparecido ("la repentina partida de Ruffini deja un enorme vacío: no ante a los ojos del público en general, sino ante los de los pocos"), de quien elogia el "dominio raro de la historia de los movimientos y de los grupos religiosos, sociales y políticos", la "equilibradísima intuición psicológica" y, finalmente, "la serena consideración de las fuentes y su empleo escrupuloso".

En 1932, en la primera página de La Cultura, aparece un logo destinado a la celebridad: un avestruz que lleva en el pico un largo cincel con un lema que reza Spiritus durissima coquit. Acaso descubierto por Praz en las célebres (y póstumas) Imprese de Paolo Giovio (1556), el blasón significa que "un corazón valiente tiene la fuerza para asimilar cualquier injuria con el tiempo"; el espíritu, en suma, la cultura, puede ayudar a digerir incluso los sórdidos tiempos que corren. Al mismo tiempo, la revista se "aturinesa" con Sergio Solmi en el cargo de codirector responsable, y con Cajumi, alma de la empresa, que rubrica innumerables intervenciones y polémicas guiadas por un espíritu beligerante. Cajumi confía en la posibilidad de hacer una labor cultural de orden, en sentido lato, político-pedagógico. Es también significativo lo que escribe en ese periodo a su editor turinés Domenico Buratti:

Para mí ciertos remedos [literarios] horrendos no sólo no tienen nada que ver con la poesía ni con la dignidad artística de quien escribe, sino ni siquiera con el público que ya no se deja atrapar. Dos o tres amigos dan un premio, dos o tres críticos hablan del libro, luego viene el más merecido olvido por no hablar del ridículo.

Junto a Cajumi sigue una columna de jóvenes colaboradores, al frente de los cuales se halla indiscutiblemente Cesare Pavese, que en el último periodo firma como responsable de La Cultura. Pavese, el único inscrito en el Fascio, comienza a traducir para la editorial Frassinelli a escritores norteamericanos y se ocupa de ellos críticamente, mientras que Ginzburg, que ya es traductor de la editorial Slavia, inicia su abundante serie de ensayos, reseñas y notas sobre los escritores rusos (aunque no sólo sobre éstos). Massimo Mila reseña textos de musicología y de historia de la música, e interviene en el debate teórico; por ejemplo, en torno a la interpretación musical que, en el mismo momento, se desarrolla en la Rassegna Musicale, la que también ha pasado a la escudería Einaudi. Y también están Giorgio Agosti, Aldo Bertini, Mario de Bernardi, Paolo y Piero Treves, Arnaldo Momigliano, Giulio Carlo Argan y Norberto Bobbio. Junto a ellos se hallan figuras de la generación anterior: Ruffini (que muere en 1933), Rostagni, Monti, Cosmo, Zini, Cabiati, Luigi Einaudi, Salvatorelli, quien ejercerá un papel determinante con una serie de artículos lúcidos y de notable valor político-cultural. De Salvatorelli se puede recordar en particular la reseña de una biografía de Napoleón que concluía con un significativo reclamo a Madame de Stäel, para quien Napoleón "[...] miró a los hombres como cosas. [ ...] El verdadero político, escribe Salvatorelli, es en cambio aquel que no olvida nunca que los hombres no son cosas, sino conciencias; que no son medios, sino fines". O también la crítica mordaz a una monografía sobre Sorel (de la que Salvatorelli se había ocupado antes en Pegaso), que es una auténtica refutación del pensador francés tan venerado por Mussolini (Salvatorelli denuncia su "presunción ilimitada", su "rencor inagotable", su "manía de destrucción" y su "desvarío moral"). Y por último, la reseña prudentemente sarcástica de la edición italiana de Mein Kampf.

La perspectiva que prevalece en la revista es de rechazo a los esquemas preconstituidos; y ­et pour cause­ el sulfúreo Cajumi es el guía junto con Pavese y con el gobettiano Solmi. El proceso de desacademización de La Cultura se puede percibir en la transcripción de su lema por parte de una nueva firma editorial que adopta de la revista el sello del avestruz: Giulio Einaudi Editore. Registrada en la Cámara de Comercio de Turín el 15 de noviembre de 1933, la casa se inicia con la gestión ­además de la enésima renovación de La Cultura­ de La Riforma Sociale, ahora transformada y más cautivante. "La Riforma Sociale no es una antología de artículos; cada número es un conjunto orgánico, con unidad de criterios, dedicado al examen de los problemas del momento", y cuenta con la visibilidad editorial que respalda al glorioso y viejo lema de La Cultura:

Una guía para la interpretación de los hechos, que se presentan de manera tan grave y compleja en la hora actual, en la que, aun si los síntomas de recuperación son numerosos, todavía es incierto qué vía deberá recorrer su futura solución.

Se puede adivinar aquí una señal de la relación ambivalente con el presente, ergo con el fascismo triunfante. Una relación que oscila entre una aceptación no condescendiente y la voluntad de incidir en las orientaciones político-económicas del momento. En cuanto a La Cultura el nuevo editor anuncia la firme voluntad, secundado en ello por todo el grupo turinés, de salirse, al menos un poco, "de la típica jerga de crítica literaria y estética de la que el público ya no quiere saber nada".

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La idea de asociar revista y casa editorial es típicamente vociana y, después, gobettiana. Pero el humus del que toma cuerpo la iniciativa de Giulio Einaudi es esencialmente el gobettiano en sentido amplio, el cual, partiendo de las experiencias directas de Piero Gobetti, llega a influir también en Polledro, en Gromo y Buratti, en Frasinelli y Antonicelli. Por otra parte, Einaudi hijo ha aprendido del padre, además del gusto por los libros, el placer de trabajar alrededor de ellos, de organizar y administrar. Su talento más evidente es el de identificar colaboradores, suscitar su interés, comprometerlos con una empresa que en sus primeros años vive a la sombra del senador Einaudi. Éste no dejará de otorgarles apoyos prácticos, sugerencias intelectuales y orientaciones editoriales. Piénsese tan sólo en la colección Problemas Contemporáneos, que reflejó por lo menos durante una década el punto de vista de la corriente de economistas librecambistas, con el fin de no ofender la susceptibilidad de los cooperativistas y de evitar cualquier posibilidad de entrar en fricción con el régimen. Cuando esto sucede, Einaudi senior no dejará, dentro de los límites de lo posible, de dar una discreta pero efectiva protección política.

En la fundación de la editorial participan junto a Giulio Einaudi dos integrantes de la banda dazegliana, dos miembros de la confraternidad que, al igual que él, no han optado por la carrera académica: Pavese y Ginzburg. Este último, a decir verdad, renuncia por esas fechas (enero de 1934) al curso de literatura rusa que estaba por impartir en su propia facultad, luego de la imposición a los profesores (y él lo era) de la obligación de prestar juramento [al régimen] de acuerdo con la nueva fórmula [fascista]. Por un hecho paradójico, para el trámite formal de renuncia a ese esbozo de carrera universitaria, Ginzburg tuvo que acudir al mismo Neri, su asesor de tesis, quien en 1929 había empezado la nueva serie de La Cultura. Neri, aunque fascista declarado (al grado de llegar a la presidencia del instituto local de cultura fascista), muestra hacia todos sus alumnos una apertura mental que los cautiva. Se debe reflexionar sobre el hecho de que tanto Ginzburg, que cultiva intereses de literatura rusa e italiana más que históricos, como Pavese, que se ocupa de literatura norteamericana, optaron por recibirse con el titular de la cátedra de literatura francesa. Sin embargo, es un hecho sabido y divulgado por la memoria oral que Pavese recurrió a Neri luego de que su tesis fue rechazada por el profesor de literatura inglesa, el modesto Federico Olivero.

Ginzburg aparece definitivamente como el creador de la Casa del Avestruz. Más que la pasión de la familia Einaudi por los libros, el fermento decisivo que da origen a la empresa es la inteligencia de Leone, su vasta red ­a pesar de su corta edad­ de relaciones intelectuales (de Croce a Ojetti, de Pancrazi a Rostagni, de Russo a Neri), la omnívora curiosidad intelectual, cargada de una notable ­y gobettiana­ dosis de la despreocupación propia del hombre de letras, consciente de su papel y de ser parte de una comunidad más amplia de semejantes.

La hermana de Ginzburg, Marussia, recordará que la editorial Einaudi nació en su casa, en Via Vico, y su testimonio es plausible. Leone propone a Giulio, que ya se dedica a la publicación paterna de La Riforma Sociale, poner en marcha una verdadera casa editorial, en la que Ginzburg impulsará su actividad organizativa, tipográfica y administrativa; y no sólo eso, también procurará un financiamiento del filólogo Santorre Debenedetti, a quien conoce durante sus años universitarios. Otro apoyo financiero provendrá de Luigi Albertini, para quien obviamente el apellido Einaudi significa algo. En la sede de Via Arcivescovado 7, junto al almacén, aparte de la oficina del editor ­la casa Einaudi es una "empresa individual"­ y de la oficina de la secretaria, sólo Ginzburg tiene un espacio propio. Otro indicio de que, luego de haber sido el inspirador, es el primer animador de la empresa y lo seguirá siendo hasta su muerte en 1944.

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Sin embargo, el emigrado ruso, ahora italiano de cultura y de corazón, será apartado muy pronto de la editorial. Tras el arresto y confinamiento de Sion Segre Amar (su compañero de aventuras, Mario Levi, había escapado de manera audaz) en el poblado suizoitaliano de Ponte Tresa, en marzo de 1934, la policía fascista emprendió una redada amplia contra los círculos del giellismo turinés. Después de la labor realizada con gran celo por un falso amigo de muchos simpatizantes de Giustizia e Libertà (y familiar de alguno de ellos), Dino Segre, alias Pitigrilli, cayeron entre otros: Ginzburg junto con Giuseppe Levi, el padre de Mario Levi y su hijo Gino, Carlo Mussa Ivaldi, Carlo Levi y Augusto Monti. Es un juego fácil para las fuerzas de seguridad del régimen con los jovencitos turineses, cuya "conspiración a la luz del sol" fue vigilada paso a paso discretamente. Por otro lado, la policía fascista está convencida de sus operaciones por los fascículos que habían aparecido en ese entonces en la nueva serie de La Cultura que lleva el sello de Einaudi: su publicación, según la prefectura de Turín, "disfrazaba una acción secreta de apoyo a la actividad secreta llevada a cabo por la secta Giustizia e Libertà". Tanto la revista como la editorial constituyen ante los ojos de los vigilantes represores un centro de reunión de "un círculo de intelectuales y antifascistas"; en suma, "el afamado ambiente antifascista turinés".O usando las palabras más eficaces de Pitigrilli ­informante número 373­ en relación con La Cultura: "una aguja imantada alrededor de la cual se reúne toda la limadura de hierro del antifascismo cultural turinés". De modo que poco tiempo después, en mayo de 1935, con base en las documentadas misivas que envía el mismo informante al servicio secreto fascista (Ovra), todo el grupo turinés de Giustizia e Libertà es aniquilado de manera indiscutible. A partir de la clausura de la revista, Arrigo Cajumi confiará en sus apuntes de "libertino" sus propias reflexiones intelectuales:

Tuve la idea [ ...] de anotar, con la licencia y la sinceridad que me sugiere el escribir para uno y no para la prensa, consideraciones marginales que, si existiera la revista, tal vez se hubieran transformado en artículos o en reseñas, al menos en parte. Y así, año tras año, hoja por hoja, nació este libro.

El libro, "el más hermoso y espléndido" de Cajumi según el juicio de Trompeo,es naturalmente Pensieri di un libertino, que sólo aparecerá una vez terminada la guerra y enterrado el fascismo, con una significativa dedicatoria a Luigi Ambrosini, Umberto Cosmo y Leone Ginzburg, es decir, los tres hombres perseguidos por el régimen mussoliniano. El último es parte eminente de la inofensiva conspiración gellista, por llamarla de alguna manera. Y sin embargo, el régimen parece temer a esta banda de conspiradores-letrados. Así, a Monti, detenido en la cárcel de Regina Coeli, le es denegada en 1937 "una extensión de su paseo diario al aire libre", solicitada por el detenido y convalidada por el dictamen favorable del médico de la cárcel. Aunque el director de la imposición de la pena expresa la opinión contraria:

Dada la dificultad a la que se iba al encuentro, por los obstáculos interpuestos por el servicio de custodios, el cual, siendo siempre delicado, se volvió [sic] delicadísimo en lo que respecta a todo el conocido grupo de condenados políticos a los que pertenecía Monti.

Por otro lado Monti, como puede leerse en la misma carta ministerial, al ser convocado por el consejo de disciplina para escuchar el dictamen sobre libertad condicional, declarará que "siempre ha sido antifascista y que seguirá como tal hasta su muerte". Una conducta completamente coherente con la asumida frente al tribunal especial, como testimonia su hija Luisa ­la Luisotta, destinataria de las hermosísimas, irónicas y autocríticas epístolas desde la cárcel­ en una carta a Croce, interceptada por la policía y diligentemente copiada:

La conducta de mi padre fue muy valiente; rechazó la defensa de su abogado y tuvo la del abogado de oficio. Desdeñó invocar a su favor su pasado de voluntario de guerra y de patriota ferviente, porque me dijo que amar y servir a la patria es un deber y no debe usarse como bandera.

Infunden temor estos hombres, su inteligencia, sus plumas. Las dos revistas con el emblema del avestruz (La Riforma Sociale y La Cultura) son cerradas por la autoridad, y esta vez el senador nada puede hacer para evitarlo. Sin embargo, Luigi Einaudi tiene el temple del campesino piamontés y no se desanima después del durísimo golpe que significó el fin del glorioso lema fundado por Nitti. Al poco tiempo, en 1936, emprende una nueva publicación, la Rivista di Storia Economica. Más circunspecta que La Riforma Sociale, a un testigo histórico como Bobbio le parecerá "junto con la Crítica de Croce, uno de los pocos puertos francos de la cultura no sometida".

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A partir de entonces la casa Einaudi queda sometida a una vigilancia policiaca más estrecha y continua. Después de su detención, que había durado dos años, Ginzburg ­uno de los jefes de la conspiración­ vuelve a la vida civil y retoma su lugar en la casa editorial, que mientras tanto ha iniciado los programas diseñados en buena medida por el propio Ginzburg, los Einaudi, padre e hijo, y Cesare Pavese, quien de ahora en adelante se convertirá en interlocutor principal de Ginzburg, que era casi su alter ego, aunque no debe descartarse la hipótesis atrevida de que tenía hacia él un doble sentimiento de admiración y fastidio. Pavese regresó del confinamiento en Calabria un par de días después de la liberación de su amigo de la cárcel de Civitavecchia. Leone, que había salido dos años antes de cumplir su condena gracias a una amnistía, fue sometido a un régimen de vigilancia especial, lo que le impidió realizar actividades periodísticas. Pavese no sufrió esta limitación. Él ­aun cuando frecuentaba amistosamente y se sentía moralmente solidario con los Mila, los Ginzburg y los demás de la "banda", comenzando por el profesor Monti­ se había inscrito en el Fascio de Turín en julio de 1933 a petición de sus familiares, como consta en sus cartas, con el fin de continuar su carrera y vivir tranquilamente; aunque la policía era de la opinión que lo había hecho "para disfrazar su engañosa acción de apoyo al movimiento antifascista, que tiene a la cabeza a la secta Giustizia e Libertà". En realidad, antes y después, en la ciudad o en el confinamiento, Pavese muestra una "profunda indiferencia hacia la política" ("yo soy [...] literato", escribe con cierto orgullo y enfado), y es lícito preguntarse si, en una situación distinta de la que le toco vivir (el liceo D'Azeglio, Monti, Ginzburg y los amigos antifascistas...), no hubiera sido completamente apolítico. En medio de esta compañía, y con tales ejemplos, la petición de gracia que lo llevaría a la condición de ciudadano libre ­en la medida en que esto era factible en la Italia de las camisas negras­ significará para él una humillación. Al mismo tiempo, y Pavese lo ignora, también Massimo Mila, el amigo y "literato", provisto de una visión totalmente distinta, se pliega (¡otra vez la familia!) dirigiendo una carta al Duce para implorar el perdón paterno. Estamos en julio de 1935, el mes en que Bobbio, para salvar su carrera universitaria, se dirige al patrón de Italia admitiendo el error juvenil y haciendo las promesas rituales. Y sin embargo, todavía queda ­en ese mes de julio­ quien, como Vittorio Foa, escribe desde la cárcel de Regina Coeli: "La prisión no es el peor de todos los males".

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En 1936, después de encontrarse en las oficinas de la Via Arcivescovado ­convertida en Via Mario Gioda por el nombre del primer fundador del Fascio de Turín­, los dos amigos, Cesare y Leone, dan su contribución decisiva a la definición de la fisonomía de la Casa del Avestruz. Ya nos hemos referido a la serie de "Problemas Contemporáneos". En sus siguientes títulos se recogerán las sugerencias del senador Einaudi; aunque más impredescibles son los estímulos provenientes de la vivaz curiosidad ginzburguiana. La colección sigue con particular atención las discusiones internacionales sobre los efectos y los posibles remedios a la crisis de 1929, dando espacio, junto a los representantes clásicos del liberalismo italiano (Cabiati, Giretti, De Vitti, De Marco, el propio Einaudi) a otros estudiosos y periodistas y a autores extranjeros, desde el ministro estadounidense Wallace al ministro británico Robbins. El concepto general no parece desagradar al régimen. Los episodios de simpatía proclamada hacia la política mussoliniana se combinan con tomas de distancia más o menos crípticas. Por esta razón, se pueden encontrar, por un lado, francas exaltaciones de la movilización nacional contra las sanciones ­con el libro de un alumno de Luigi Einaudi, que tuvo un cierto éxito: dos ediciones en el transcurso de un año y un premio de la Academia de Italia­; o bien, por el otro, una apología del corporativismo como vía original y luminosa de Italia, entre "el comunismo puro a la rusa, el supercapitalismo de los trusts y el capitalismo de Estado". Pero a pesar de los gestos recíprocos ­de tolerancia por parte del poder y de fidelidad declarativa por parte de la casa editorial­, entre los círculos oficiales y oficiosos del régimen y los círculos einaudianos reinará siempre la desconfianza.

Basta recordar el infeliz incidente de la colección "Ricordi e documenti di guerra", que seguramente aspiraba a representar un puente con el fascismo, con el culto a la guerra y, más en general, con la ideología belicista. De hecho, la colección se inició en 1934 con el Diario de guerra de Leonida Bissolai, que fue inmediatamente requisado, porque en él aparecían:

[...]cuestiones relevantes sobre operaciones, graves juicios sobre jefes y comandantes; noticias políticas militares que todavía no son del dominio público y, por último, apreciaciones sobre personajes que aún viven, por lo que, dada la personalidad del autor, el diario asume un carácter de delicada importancia.

Así lo observa el prefecto de Turín en una "nota para S.E. El Jefe de Gobierno", el cual agrega la siguiente glosa estentórea: "Requisar M." Sin embargo, a pesar de un inicial rechazo, a instancia del editor, que estaba dispuesto a realizar cortes en el texto, más tarde el Diario obtuvo vía libre para su publicación gracias también a la intervención de Einaudi senior que asumió toda la responsabilidad de haber proporcionado el manuscrito a la casa editorial. Y tal vez como señal de agradecimiento por haber sorteado el peligro y dar una muestra de cierta fe nacional, en la misma colección se publican algunos volúmenes que representan "ásperas caídas, verdaderos compromisos con el fascismo". No obstante, los tres títulos firmados por el general Ambrosio Bollati ­solo o con Giulio del Bono, otro escritor militar­ sobre las campañas bélicas de Mussolini de mitades de la década (Etiopía y España) son tan distantes a la mayor parte por no decir a la totalidad de la producción einaudiana, que ciertamente resultan ajenos al espíritu del Avestruz. No se debe olvidar que en esos mismos meses del año 1935, el propio editor fue arrestado durante la segunda redada contra Giustizia e Libertà, y sometido a "condiciones de vigilancia política".

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Fue un gesto valiente publicar a un autor que disgustaba tanto al régimen como a la Iglesia católica: Piero Martinetti. Ragione e fede (1942) es un texto importante de la cultura filosófica del siglo, de aquella cultura que no quiere saber nada de insertarse en los nichos de las corrientes consolidadas. Martinetti acepta en estos Ensayos religiosos el riesgo del aislamiento, de una ubicación marginal en la primera mitad del siglo donde dominan Croce, Gentile y Pío XII, en compañía de solitarios como él, desde Michelstaedter a Rendi y a Capitini. Alejado de la enseñanza luego de haber rechazado rendir juramento a la nueva fórmula [fascista] de 1931, Martinetti vivió el resto de sus días retirado en su casa de Canavese, donde ejerció, entre los jóvenes intelectuales piamonteses (y lombardos, pues Martinetti enseñaba en Milán donde Luigi Fossati redactaba técnicamente la Rivista di Filosofia), una función socráticamente comparable a la de Croce a nivel nacional; es decir, era un estímulo y un aliciente para la resistencia moral. En Martinetti, figura de auténtico asceta, esta posición adquiere una dimensión religiosa, aparentemente apolítica, aun cuando las consecuencias políticas de sus enseñanzas eran evidentes. Después de 1931 Martinetti es junto con Solari, ayudado frecuentemente por su alumno Bobbio, el animador oculto (no firma como director) de la Rivista di Filosofia ­una especie de limbo afascista, no exento de rasgos de antifascismo­, lo que no dejará de provocar ciertas sospechas en la autoridad y más de una dificultad a alguno de sus redactores.

La precisión y el refinamiento del cuidado editorial se conjuntan para alcanzar la meta de seriedad y coherencia en las selecciones de títulos, autores y colaboradores. Un ejemplo en este sentido es la "Nueva colección de clásicos italianos comentados" dirigida por un filólogo de la talla de Santorre de Benedetti. En ella Ginzburg puede dar rienda suelta a su pasión italianista, así como a su oficio filológico. La colección durará poco, tal vez a causa de la competencia de la colección análoga de Utet (una vez que cesó la de Bálsamo Livelli, a fines de los años veinte, sólo hasta 1942 Neri recibió el encargo de retomarla, pero las publicaciones no empezarán sino hasta 1948). En los años en cuestión, por los linotipos einaudianos pasan solamente dos títulos, dos excelentes ediciones críticas: las Rimas de Dante, editadas por Gianfranco Contini ­una de las colecciones de la casa editorial en la posguerra­, y La ciudad del sol editada por Norberto Bobbio (1941), un volumen que testimonia la peculiar e insistente presencia del filósofo, que ya había salido a la luz con sus primeros trabajos campanellianos, en el Turín de Solari y de Firpo. Lo mismo se puede decir de otro nombre: Eugenio Montale. Lanzada por Gobetti en 1925, Huesos de sepia, la primera colección del poeta ligur, se vuelve a publicar en 1928 por Gromo. Finalmente reaparece en 1939, en una colección que tendrá pocos títulos en veinte años, una edición de Huesos de sepia y la nueva selección de Las ocasiones, que incluso inaugura la colección "Poetas", y que manifiesta la grandeza lírica del autor.

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El carácter de la casa es, pues, decididamente humanista, abierto a las ciencias económico-sociales. Sin embargo, en 1938 nace la Biblioteca de Cultura Científica en la que Ludovico Geymonat desempeña un papel destacado si bien no decisivo y que al parecer tiene como principales interlocutores a Bobbio y, en la redacción, a Pavese. Aunque es todavía joven, Geymonat ya es un firme propagador en Italia de las más diversas tendencias del debate internacional en el campo filosófico y, específicamente, epistemológico. Gracias a su experiencia e intuición, la colección tiene un carácter decididamente innovador en el panorama nacional, tanto frente a la devaluación de la ciencia por parte de la cultura neoidealista como frente al desconocimiento de los resultados de la investigación filosófico-científica internacional. Al respecto es significativo el intento de traducir "el librito de oro" de Gottlob Frege, Die Grundlagen der Arithmetik; intento fallido luego del rechazo por Minculpop, basado en el dictamen negativo de la Real Academia de Italia, según el cual el estudio de Frege "aun cuando es notable, está ya muy superado por la axiomática moderna y por los trabajos de especialistas italianos, sobre todo en lo que respecta a los estudios de aritmética". Geymonat tendrá razón cuando reivindique sus propios méritos en una carta al editor, en la que ­al igual que prácticamente todos los colaboradores de la casa de Turín­ pide dinero que regularmente llega tarde y a duras penas.

 

Luego de haber "pescado" a Frege del mar de la ignorancia italiana en cuestiones de lógica y de fundamentos de la ciencia, y después de haberlo defendido como tú sabes..., te sugerí también otros diferentes autores (Wolzano, Helmholtz, etc.), contribuyendo así a "combinar" un buen grupo de nombres que darán a tu colección de filosofía un carácter de absoluta originalidad.

Sin embargo, a veces es el mismo editor quien hace sugerencias, como en el caso de uno de los primeros títulos de la Biblioteca, La introducción al pensamiento matemático de Friedrich Waizmann (1939). El propósito será siempre el mismo, es decir, como escribe Geymonat cuando entrega la traducción al editor, "una elevación de la cultura italiana que sinceramente auguro". En la misma dirección se mueve Il Saggiatore, que Guilio Einaudi definirá, no sin equivocarse, como "una de las más bellas revistas italianas de cultura científica". En ella están presentes, al igual que en la colección, filósofos de la ciencia, físicos, biólogos, matemáticos, médicos. Dirigida por Francesco Tricomi, uno de los grandes herederos de la escuela matemática de Turín, Il Saggiatore lleva de cualquier modo el sello de Geymonat, aun cuando éste trate inútilmente de transformar el lema de "Revista de Actualidad Científica" en "Revista de Epistemología", punto de coincidencia con Bobbio al interior de la editorial, y con hombres como Banfi y Colorni al exterior. Geymonat contribuye definiendo un conjunto de temáticas, un tejido intelectual del que, a partir de 1945, nacerá la Biblioteca de Cultura Filosófica ­Bobbio será su responsable­, la cual se inaugura con el importante libro de Erminio Juvalta del que se habla en páginas anteriores, a cargo de su alumno Geymonat.**

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Geymonat, Bobbio, Mila comienzan a ingresar en el grupo de los consejeros de las ediciones Einaudi a finales de los años treinta y principios de los cuarenta. Giaime Pintor será uno de los elementos de enlace entre la redacción de Turín y la de Roma, nacida bajo la guía de Carlo Muscetta, y junto al cual laboran hombres como Mario Alicata; en el grupo de trabajo milanés sobresaldrá Elio Vittorini. Sin embargo, en el primer periodo de la casa, el dúo principal que coordina el trabajo editorial, junto con Giulio Einaudi, está constituido siempre por Ginzburg y Pavese. El primero tiene ideas claras, deseos de hacer cultura y, paralelamente, necesidad de luchar políticamente contra el fascismo: es un hombre visiblemente arraigado en el mundo, en el presente. El otro, el apolítico Pavese, vive encerrado en un mundo secreto, tocado por una atmósfera mítica, un mito que se extiende desde la lejana Hélade hasta Moby Dick. A él, como escribirá "el profe" Monti, "le repugna el fascismo" y es un "resistente incluso malgré lui", pero no podrá avanzar más allá del papel de opositor involuntario o, si se quiere ser más generoso, de adversario ético-estético; mientras que Ginzburg no deja de ser un activo editor incluso en su confinamiento en Pizzoli...

 

Notas

*La cultura a Torino tra le due guerre, extractos del capítulo:XIII: All insegna dello Struzzo, Einaudi, Torino, 2000, pp. 284-315. Las aclaraciones de la redacción aparecen en corchetes.
* Entre los alumnos directos de Monti, en la clase B, se encontraban Emanuele Artom, Giulio Einaudi, Renato Einaudi, Vittorio Foa, Elsa Fubini, Valdo Fusim Enzo Giacchero, Renato Gualino, Enzo Monferini, Carlo Mussa Ivaldi, Salvatore Luria (reprobado en septiembre por conducta en 1927), Massimo Mila, Gian Carlo Pajetta, Cesare Pavese, Tullio Pinelli y Adolfo Ruata. En 1931-1932 Monti es sustituido por Franco Antonicelli y después, definitivamente, por Azelia Arici (presento la información de las listas en el archivo del liceo DAzeglio).
2E. Rho, Augusto Monti, en Il Ponte, XIII, 1957, pp. 1684-89.
3A. Monti, Torino falsa magra, p. 17.
4 Para más datos biográficas véase: G. Tesio, Augusto Monti, en Belfagor, XXIV, 1979, pp. 156-188 y Augusto Monti. Attualit? di un uomo allantica, Cuneo, LArciere, 1980.
5F. Palazzi, reseña en ICS, XII, N. 12, 1929, pp. 345-346.
6 Cito de las cartas de Monti: D. Bulferetti (27 de octubre de 1929), G. Fortunato (30 de octubre de 1929), D. Provenzal (8 de enero de 1930) en Carte Monti; D. Provenzal, reseña de Il ritratto di Papá en La Gazzetta del Mezzogiorno, 7 de febrero de 1930.
7G. Tesio, Le lettere, en Torino cittí viva, I, pp. 375-447 (409).
8M. Mila, Monti, Augusto e la scrittura dascolto, en Prospetti, I, n. 4, 1966, pp. 357-361.
9A. Monti a G. Prezzolini, 12 de abril de 1935, en AGP, Monti Augusto, las cursivas son del original.
10 Texto mecanográfico sin fecha 1963, no firmado pero dictado por Monti a su segunda esposa Caterina Bauchiero (entrevista, 1984), en Carte Monti.
11A. Galante Garrone, Gli spensierati del Risorgimento, en La Stampa, 20 de julio de 1966.
12 La reseña aparece en ll Giornale di Acqui y es anónima, 16-17 de noviembre de 1929; G. Tesio, Augusto Monti. Attualitì di un uomo, p.
13-1, así como C. Violi (editor), Bibliografia degli scritti di Norberto Bobbio, 1934-1993, Roma-Bari, Laterza, 1995, pp. 3-4. Bobbio asegura que éste es su primer escrito publicado.
13D. Fernandez, Léhec de Pavese, París, Grasset et Fasquelle, 1967, p. 97 ss.
14 C. Pavese, Lettere 1924-1944, I, p. 27 y Lettere 19261950, p. 9. Toda la correspondencia Monti-Pavese fue editada admirablemente por A. Dughera, Monti e Pavese: storia di unamicizia attraverso le lettere, en G. Tesio (editor), Augusto Monti nel centenario della nascita, Turín, Centro Studi Piemontesi, 1982, pp. 55-95 (volumen útil en general). El ensayo con la correspondencia fue recopilado despuÈs por Dughera en su volumen (lleno de ideas y datos) Tra le carte di Pavese, Roma, Bulzoni, 1992, pp. 49-103.
15 M. Mila, Augusto Monti educatore e scrittore, en Il Ponte, V, 1949, pp. 1136-1148 (1137), ahora en id. Scritti civili, edición de A. Cavaglian con una nota de Giulio Einaudi, Turín, Einaudi, 1995, pp. 303-321.
6Ibid., p. 1142. Véase también: D. Fernandez, op. cit., p. 83 ss.
17G. Einaudi, Frammenti di memoria, Milán, Rizzoli, 1988, p. 24; G. Einaudi, entrevista, 1984 y en la misma línea, M. Mila, entrevista, 1983.
18G. C. Pajetta, Augusto Monti, un maestro e un patriota, en LUnitá 12 de julio de 1986; También id., Il Professore, en Rinascita, 16 de julio de 1966, e Il ragazzo rosso, Milán, Mondadori, 1983, p. 56 ss. Sobre Pajetta como estudiante del DAzeglio, M. Mila, Il proselitismo di baje córte, en I communisti a Torino. 1919-1972. Lezioni e testimonianze, prefacio de G. C. Pajetta, Roma, Editori Reuniti, 1974, p. 89-91.
19N. Bobbio a A. Monti, 10 de julio de 1965, en Carte Monti. Para el episodio del DAzeglio y el papel de Monti véase también el suplemento a Lo Zibaldone, número único, junio de 1965: Il DAzeglio e la resistenza, Turín, Tipografía Raffera, 1965.
20M. Mila, Augusto Monti educatore, p. 1136, ahora en id., Scritti civili, p. 303 (la célebre expresión es del propio Mila).
21N. Bobbio, Introducción a L. Ginzburg, Scritti, p. XII; luego en N. Bobbio, Maestri e compagni, p. 167.
22L. Tonelli, Cesare De Lollis, en ICS, XI, n. 5, 1928, pp. 117-118.
23G. Sasso, Variazioni sulla storia di una rivista italiana: La Cultura (1882-1935), Bolonia, Il Mulino, 1992, p. 64.
24F. Neri, Ripresa, en La Cultura, VIII, 1929, pp. 1, 2.
25A. Omodeo a S. Salvatorelli, 4 de junio de 1930, en Carte Salvatorelli.
26G. Pasquali, Seguito a Troppe Riviste, en La Cultura, X, 1931, pp. 252-255.
27A. CJ. Cajumi, id., p. 437 (Reseña de A. Soffici, Ricordi di una vita artítica e letteraria, Florencia, Vallecchi, 1930; U. Cosmo, reseña de G. Papini, Dante vivo, Florencia, Libreria Edittrice Fiorentina, 1933, en La Cultura, XII, 1933, pp. 438-441; A. Cajumi, In punta di penna, id., XIII, 1934, pp. 30-31 (Entre los diferentes títulos que se tratan está el de M. Missiroli, Studi sul fascismo, Bolonia, Zanichelli, 1934).
28L. Einaudi, Benedetto Croce, Orientamenti, Milán, Gilardi e Noto, 1934, en La Cultura, XIII, 1934, p. 69. Einaudi concluye esá: Por instintiva desconfianza hacia los diletantes, nunca he querido ir más allá de la primera página de los libros escritos por autores como Spengler, y en cambio cada vez que leo una crítica mordaz por parte de filósofos verdaderos, como Croce, me alegro por la decisión tomada.
29A. CJ. Cajumi, reseña de F. Ruffini, Carlo Alberto e il Socinianesimo ginevrino, Turín, Bocca,1933, en La Cultura, XIII, 1934, p. 33.
30 Citado en J. Rotti, Come nacque il simbolo dello struzzo, en Tuttolibri, XIII, n. 554, suplemento de La Stampa, 6 de junio de 1987.
31A. Cajumi a D. Buratti, sin fecha, en Carte Buratti.
32L. Salvatorelli, Napoleone, en La Cultura, XIII, 1934, pp. 93-96 (96); id., Il mito Sorel, pp. 62-63; reseña de A. Hitler, La mia battaglia, Roma, Bompiani, 1934, id., p. 105.
33 Cito del artículo de La Riforma Sociale, id. P. 17.
34 G. Einaudi a A. Cabiati, enero de 1935, en AE, Cabiati, Atilio; citado también en G. Turi, Casa Einaudi, Bolonia, Il Mulino, 1990, p. 62, nota.
35 Ibid., p. 26 ss.
36 La carta de dimisión de Ginzburg a Neri está documentada, sin indicación de fuente en la cronología incluida en L. Ginzburg, Scritti, op. cit.,, p. XXXV nota.
37M. Mila, Ricordo di Ferdinando Neri, en Memorie, serie IV, f. III, 1980, pp. 297-300. Ibid., 271-300. A propósito de Neri lanse las intervenciones de A. Guzzo, N. Sapegno, L. Sozzi, C. Cordié, y el discurso de presentación de S. Romano.
38Se encuentran más datos en D. Lajolo, Il vizio assurdo, p. 90 (la primera edición de esta biografía poco creíble fue publicada por Il Saggiatore, Milán, 1960). Olivero había publicado en 1913 Saggi di letteratura inglese (Laterza), y en 1932, con Edizioni delErma, una monografía sobre Poe.
39 M.Ginzburg, entrevista, 1983. Sobre las páginas de la casa editorial G. Turi, Casa Einaudi, p. 26 ss; sobre el papel de Ginzburg en particular, A. DOrsi, Un suscitatore di cultura, en N. Tranfaglia (editor), Litinerario di Leone Ginzburg, p. 88 ss. Sin embargo, para todo el episodio einaudiano es imprescindible ahora L. Mangoni, Pensare i libri. La casa editrice Einaudi dagli anni trenta agli anni sessanta Turín, Bollati, 1999, un monumento historiográfico cuando mi trabajo ya estaba escrito (¡y mucho tiempo antes!)
40S. Cesari, Colloquio con Giulio Einaudi, Roma-Nápoles, Theoria, 1991, p. 20 ss.
41S. Segre Amar, Sui fatti di Torino del 1934. Sion Segre ci ha scritto..., en G. Valabrega (editor), Gli Ebrei in Italia durante il fascismo, n. 2, Centro di Documentazione Ebraica Contemporanea. Sezione Italiana, Milán, 1962, pp. 125-134. Pero hay que ver al mismo tiempo S. Segre Amar, Sette storie del Numero Uno, prefacio de A.Galante Garrone, introducciÛn de A. Dragone, Turín, Centro Studi Piemontesi, 1998, pp. 153-154; Id., Il mio ghetto, Milán, Garzanti, 1987, p. 118 ss.
42G. De Luna, Una cospirazione alla luce del sole, en Carlo Levi, Unesperienza culturale e politica nella Torino degli anni Trenta, pp 71-86.
43Cito de las dos relaciones del prefecto de Turín al ministro del Interior, ambas del 27 de julio de 1935, en AMS, MI, CPC, b. 1877, f. Einaudi, Giulio y f. Salvatorelli, Luigi. (Una copia fotostática se halla en Carte Salvatorelli.)
44Carta informativa de D. Segre (Pitigrilli) del 23 de octubre de 1934, en CSPG, Fondo Giustizia e Libert?, ya citado en G. De Luna, op. cit., p. 81.
45Para la reconstrucción de todo el episodio, de sus antecedentes y su desenlace, me baso en las memorias (con apéndice documental) de M. Giua, Ricordi di un ex-detenuto políco. 1935-1943, Turín, Chiantore, 1945, así como también en los documentos reunidos por D. Zucaro, Lettere di una spia. Pitigrilli e lOvra, Milán, Sugar Co., 1977 (que con frecuencia son los mismos editados por Giua, pero el libro apareció en 1961 1(TM). edición en la editorial Perenti, de Florencia, con prefacio de E. Lussu). Menciones sobre el papel de Pitigrilli (que la viuda Lina Furlan niega obstinadamente) se encuentran en S. Segre Amar, Sette storie, pp. 185-186, e id., Il mio ghetto, pp. 24-27. Naturalmente, sobre el plano historigráfico, véase M. Franzinelli, I tentacoli dellOvra, cit. Ad nomen, e E. Magrí, Un italiano vero, p. 139 ss.
46A. Cajumi, Pensieri di un libertino, presentación de V. Santoli, Turín, Einaudi, 1950, p. XVII.
47Ibid., p. IX.
48 Reservada por el ministerio de Gracia y Justicia en ministerio del Interior, Dirección de PS, 10 de junio de 1937, en ACS, MI, CPC, f. 123.561, Monti, Augusto.
49 A. Monti, Lettere a Luisotta, Cuneo, LAraba Felice, 1995. La primera edición fue publicada por Einaudi en 1977; sobre la importancia de este libro, en el contexto más amplio al que pertenece, remito a mi Augusto Monti e lepistolografia carceraria dellantifascismo, en Sísifo, Turín, n. 30, 1996, pp. 46-51. Sobre su periodo de prisión y el de sus compañeros tenemos un sabroso testimonio de M. Mila, Le loro prigioni, en Il Ponte, V, 1949, pp. 1-27, ahora en id., Scritti civili, pp. 5-36.
50 Copia de la carta de L. Monti [ en el texto: Luisa Gherani Monti, siendo Gherani naturalmente por Saturani] a Benedetto Croce, 2 de marzo de 1936, en ACS, MI, CPC, f. 123.561.
51 N. Bobbio, Trentanni, p. 30.
52 D. Fernández, op. cit., p. 87. Sobre la contribución de Pavese, G. Turi, Pavese e la casa editrice Einaudi, en G. Ioli, (editor), Cesare Pavese oggi. Atti del Convengo Internazionale di Studi (San Salvatore Monferrato 1987), San Salvatore Monferrato, 1989, pp. 171-196.
53 En particular la carta de C. Pavese a su hermana Marta del 29 de julio de 1935, en id., Lettere 1924-1944; id., Lettere 1926-1959, pp. 265-266.
54 Cito de la esquela informativa de la prefectura de Turín firmada por Pavese, 4 de septiembre de 1935, en ACS, MI, CPC, b. 3790, f. Pavese, Cesare.
55C. Pavese, All Amministrazione dei telefoni di Torino, 15 de febrero[1937], en C. Pavese, Lettere 1924-1944, p. 525, e id., Lettere 1926-1950, p. 437 (cursivas del texto).
56 D. Fernández, op. cit., pp. 128-129.
57 Menciones sobre la petición de gracia se encuentran en la correspondencia familiar de los primeros meses de 1936; por ejemplo, C. Pavese, Lettere 1924-1944, pp. 510, 511, 519, id., Lettere 1926-1950, pp. 328, 335.
58 V. Foa a sus padres, 12 de julio de 1935, ahora en id., Lettere della giovinezza. Dal carcere 1935-1943, editadas por F. Montevecchi, Turín, Einaudi, 1998, pp. 27-29 (28). La carta de Mila a Mussolini (25 de julio de 1935) está en ACS, Tribunale Speciale, b. 543, f. 56510, Mila, Massimo; C. Pavone, Introducción y P. Soddu, Nota del editor, en M. Mila, Argomenti strettamente famigliari, Turín, Einaudi,1955, particularmente las pp. XIV-XVI y LVII-LVIII.
59L Federici, Sanzioni, Turín, Einaudi,1935, F. Ballarini, Dal liberalismo al corporativismo, Turín, Einaudi, 1935; la cita está en G. Turi, op. cit., p. 59, incluyendo las notas sobre el libro de Federici.
60 Una copia del documento fechado en junio de 1934 se halla en ACS, SPD-CO, b. 1871, f. 528.771; ibid., también otro apunte (6 de julio de 1934) en el que un funcionario, R. Nani, pregunta qué hacer con el ejemplar del libro que les ha sido enviado a la oficina de prensa por el jefe del gobierno, y luego el memorandum de acompañamiento de Nani al mayor Luciano de la oficina de prensa (julio 5 de 1934). Notese la incongruencia de las fechas.
61 Escribe el prefecto: El volumen resultá censurable en su conjunto. Prefecto de Turín a G. Einaudi, 17 de julio de 1934, en AE, Einaudi, Luigi.
62La documentación en ACS, SPD-CR, b. 70. Ahí se lee en particular una carta de G. Einaudi a Mussolini, del 2 de julio de 1934 (reproducida también en un apéndice a G. C. Marino, Lautarchia della cultura. Intelletuali e fascismo negli anni Trenta, Roma, Editori Riuniti, 1983, pp. 220-221).
63 G. Turi, op. cit., p. 86.
64 A. Bollati, Enciclopedia dei nostri combatimenti coloniali. Fino al 2 ottobre 1935, XII, Turín, Einaudi, 1936; id., I rovesci pié caratteristici degli esserciti nella guerra mondiale 1914-1918, Turín, Einaudi, 1936; A. Bollati y G. Del Bono, La Guerra di Spagna sino alla liberazione di Gijon. Sintesi politico-militare, Turín, Einaudi, 1937; id., La Guerra di Spagna dalla liberazione di Gijon alla vittoria, Turín, Einaudi, 1939.
65 La documentación en ACS, MI, CPC, b. 1877, f. Einaudi Giulio, (la expresión está en el informe del funcionario de Roma al Ministerio, 7 de mayo de 1943). Sin embargo, todos los informes anteriores sobre Einaudi, hacen referencia a la vigilancia.
66Muchos elementos útiles para reconstruir el cuadro, ya sea sobre la Rivista de Filosofia o sobre Martinetti, se encuentran en A. d Orsi, Il diescepolo e il maestro, ensayo introductorio en La vita degli studi, la citada correspondencia Solari-Bobbio (con un largo recorrido por los documentos conservados en AdS, CPM). Véase también: A. Vigorelli, Piero Martietti. La metafísica civile di un filosofo dimenticato, Milán, Mondadori, 1998. También son muy útiles los Indici 1909/1999 de la Rivista di Filosofia realizados por M. Filippi, Bolonia, Il Mulino, 1999.
67 Cito respectivamente del memorándum enviado por L. Geymonat a los Clarísimos profesores Francesco Severi y Armando Carlini de la Real Academia de Italia, con fecha del 14 de noviembre de 1942, y de la carta de C. Pavese a L. Geymonat del 30 de octubre de 1942 que relata las frases esenciales de la carta del Ministerio, y que concluye: Por tales razones, no se logró. (Ambos documentos en AE, Geymonat, Ludovico). El texto de Frege sería editado por Geymonat en 1948 y publicado junto con otros escritos por la editorial Einaudi bajo el título Aritmetica e logica.
68 L. Geymonat AG. Einaudi, 5 de abril de 1943, en AE, Geymonat, Ludovico.
69 Ibid., 1 de febrero de 1938.
70 S. Cesari, Colloquio con Guilo Einaudi, p.142
71 L. Geymonat a C. Pavese, 10 de septiembre de 1942, en AE, Geymonat, Ludovico.
**El tema se aborda en otro capítulo de La cultura a Torino tra lla due guerre. El autor se refiere al texto en italiano y limiti de razionalismo etico, que apareción posteriormente en una edición a cargo de su alumno Ludovico Geymonat.
72 A. Monti, La lezione in morte di Cesare Pavese (Ivrea, 1951), en LApprodo letterario, LIX-LX (1972), pp. 5-19 (11). El original se encuentra en Carte Monti.

 

 

Angelo d' Orsi, "La cultura en Turín entre las dos guerras", Fractal n° 20, enero-mrzo, 2001, año 5, volumen VI, pp. 113-139.